La mañana irrumpe suavemente en su salón de B° SEP: se filtra por la puerta abierta, acaricia cabellos, ilumina risas improvisadas y confidencias que brotan entre tijeretazos. David Rosales no es solo un peluquero: es un artesano de la reinserción, que corta cabellos y cose esperanzas.
Hace unos años estaba encerrado en Bouwer, luego en Cruz del Eje. Fueron ocho años de encierro hasta que, en esa rutina gris, una maestra le dijo: “Mirá siempre prolijo, arreglado”. Un consejo que encendió una chispa vital: decidió aprender el oficio, sumar música y, finalmente, reinventarse. “La cárcel me enseñó a valorar la libertad, la vida de mis seres queridos y a demostrar que sí se puede cambiar”, confesó el Peluquero Solidario.
Hoy, su salón late al ritmo de la solidaridad. Corta el pelo a cambio de alimentos no perecederos que luego distribuye en comedores y entre quienes menos tienen. “De esa forma, nosotros hacemos circular los alimentos para la gente que no tiene”, explicó.
Pero la transformación va más allá. David escucha y acompaña: “No vamos a solucionar la vida de las personas, pero el escuchar implica que salga un peso; la persona se hace libre”, compartió, reconociendo el valor sanador del simple acto de prestar oído. Y sostiene que hay un anclaje espiritual profundo: “Principalmente, Dios es el que los escucha”.
David Rosales corta el pelo a cambio de alimentos no perecederos que luego distribuye en comedores y entre quienes menos tienen.
Tijeras, música y segundas oportunidades
Desde su propia experiencia, ahora levanta alertas honestas: “Parece muy linda [la droga], pero llega un momento en que uno se esclaviza inconscientemente”, reflexiona con sinceridad, recordando un pasado marcado por adicciones. Y a la vez extiende una invitación clara: “Salir adelante no es fácil, pero no es imposible. Hay que decidir bien, creer en el cambio y tender la mano, como Dios lo hace, un corte a la vez. No toda la gente que sale de la cárcel sale con malos pensamientos. Sí se puede elegir una vida distinta”.
Su vínculo con la música es otro pilar de esa nueva vida. Aprendió guitarra, teclado y canto de forma autodidacta. Entre melodías y tijeras, encontró un refugio donde su voz y sus manos reparan más que peinados.
“La cárcel me enseñó a valorar la libertad, la vida de mis seres queridos y a demostrar que sí se puede cambiar”
De esta manera, David ofrece cortes de pelo en barrios populares y comedores a cambio de alimentos no perecederos. Su labor va más allá de lo estético: busca sembrar esperanza, hablar de sus propias experiencias con la droga y la soledad, y acompañar a quienes atraviesan situaciones difíciles.
Hoy su peluquería es un espacio vivo: entra por una persona que busca un corte, se queda, sin querer, a compartir algo. Porque en ese ambiente informal late algo necesario: contención, empatía y la chispa de cambio humano.
Así, en cada tijeretazo, hay una declaración de resiliencia. Cada acorde es un puente al mañana. Y cada palabra que dice David es un impulso para quienes dudan si el cambio es viable. David Rosales demuestra, tijera en mano, que reinventarse puede empezar con un corte y continuar con un abrazo compartido.
Más info: david_rosalesok