
El viento serrano fue testigo de cada paso, cada silencio y cada amanecer compartido entre montañas. Durante 18 días, Patricia Russo (63 años) y Anabella Anit (48 años) atravesaron las Sierras Grandes de Córdoba en una travesía sin precedentes. Su aventura, bautizada como “El Regreso”, se convirtió en la primera expedición femenina integral del montañismo cordobés, recorriendo cerca de 300 kilómetros desde Los Gigantes hasta Achiras, uniendo el norte y el sur de la cadena montañosa.
El desafío nació de un recuerdo y una promesa. “En el 2010, el Club Andino Córdoba, con motivo del Bicentenario de nuestra Patria, decidió realizar algo extraordinario: La Expedición Integral de las Sierras Grandes”, rememora Patricia Russo, quien formó parte de aquel grupo pionero. “Partimos desde Achiras y llegamos a Los Gigantes. Años después, propuse hacer el regreso, pero en sentido inverso”. La idea permaneció latente hasta que, más de una década después, encontró su forma definitiva en manos de dos mujeres decididas a hacer historia.
La chispa final llegó cuando Anabella, ingeniera química y apasionada montañista, manifestó su deseo de sumarse a la travesía. “Hace un año sentí un interés inquebrantable por hacerlo”, cuenta. “Poco después se unió Luisina Fassi, y así formamos la primera cordada femenina que lo intentaría”.

“La montaña te enseña humildad y te conecta con lo esencial. Hacer 300 kilómetros no es solo físico, es mental y emocional. Aprendés a convivir con tus miedos”
La travesía se organizó en etapas de 15 a 25 kilómetros diarios, dependiendo del terreno y las condiciones climáticas. En algunos tramos enfrentaron lluvias, niebla y noches de temperaturas bajo cero. Aun así, no hubo espacio para la queja: cada amanecer era una recompensa.
Esfuerzo, compañerismo y superación
Sin embargo, el destino tendría sus propios planes: en el quinto día, antes de llegar al Champaquí, “Luli” debió abandonar la expedición por motivos familiares, dejando a “Pato” y “Ana” solas frente al desafío.
“Fue un impacto fuerte”, confiesa Patricia. “De pronto éramos dos, con la montaña por delante y sin certezas. Pero también fue ahí donde entendimos la magnitud de lo que estábamos haciendo”. Las dificultades no tardaron en llegar: “Los últimos seis días tuvimos problemas para encontrar agua —a veces sólo estancada— y el cargador solar no lograba abastecer lo necesario. Estuvimos varios días sin linternas”, recuerda.

El trayecto, sin embargo, también les regaló momentos inolvidables. “Somos montañistas, disfrutamos cada experiencia, cada desafío”, cuenta Anabella. “Nos deleitábamos con los paisajes de la bellísima Córdoba, con el amanecer y el atardecer cada día. Desde arriba veíamos las ciudades a lo lejos, apenas perceptibles, y sabíamos que dejarlas atrás nos acercaba al éxito”.
Cada paso fue planificado con precisión. Las dos mujeres llevaban mochilas individuales con bolsas de dormir, ropa, carpa y comida para tres o cuatro días. “Seguíamos tracks que habíamos registrado hace 15 años, en la travesía original, pero ahora los hacíamos en sentido inverso”, explica “Pato”, quien supo ser Directora de nivel Inicial de la provincia hasta su retiro, y añade: “Era como caminar en espejo, como si la montaña nos devolviera la historia, paso a paso”.
El momento de la llegada fue pura emoción. “Al llegar sentimos una alegría inmensa”, dice Anabella con los ojos brillantes. “Nos esperaban las personas que nos habían seguido satelitalmente durante toda la travesía. Verlos ahí, tan felices como nosotras, fue mágico. Habíamos cumplido un sueño compartido”.

Cuando llegaron, dieron una breve charla y dejaron tres grandes “huellas”: Tres árboles autóctonos en la Escuela Domingo Faustino Sarmiento de Achiras.
La travesía no solo dejó huellas en los caminos, sino también en el alma. “Fue un gran aprendizaje”, reflexiona “Ana”. “Sentí el amor por la naturaleza en cada paso, el valor de proyectar algo y hacerlo realidad, y la importancia de enfrentar los miedos andando. Me quedó una gratitud inmensa por quienes nos ayudaron y por ese amor al trekking que nos une a todos”.
Las protagonistas admiten que entendieron que “no era solo hacer kilómetros”, sino observar los rastros de la naturaleza, rendirse ante la incertidumbre del clima y aceptar que la velocidad no es virtud sino presencia.
Para Patricia, la experiencia trascendió lo físico. “Cuando volví, pensé en dejarles un mensaje a mis hijos: las limitaciones sólo existen dentro de uno. No hay barreras, no hay techos”, dice con convicción. “Algunos podrían pensar que lo mío es una limitación —no puedo consumir harinas ni lácteos—, y sin embargo tuve las mejores condiciones físicas de mi vida. A veces la dificultad o la supuesta limitación resultan ser el motor del éxito; sólo hay que cambiar la perspectiva”.
Ahora, mientras recuperan fuerzas, ya piensan en el próximo desafío. “Siempre hay una nueva cumbre esperándote… “Pero más allá del destino, lo que importa es el camino… y con quién lo compartís”, revela “Pato”.
El eco de El Regreso resuena hoy entre las montañas y también en la comunidad montañista de Córdoba, como un recordatorio de que la pasión, la perseverancia y la conexión con la naturaleza pueden llevarnos a lugares impensados. Porque como dicen ellas, y lo demostraron paso a paso, no hay límites cuando el alma camina en libertad.

Más info: Patricia Russo / Anabella Anit / Club Andino Córdoba





