En un taller mecánico de B° Alberdi, en la ciudad de Córdoba, el sonido de las herramientas y el olor a aceite forman parte del paisaje cotidiano. Entre autos abiertos y llaves inglesas aparece una escena que sorprende a cualquiera que entra por primera vez: un nene de apenas 10 años que observa, pregunta y mete mano como si hubiera pasado toda su vida entre motores.
Se llama Santino y su historia empezó mucho antes de que pudiera entender lo que era un motor. En su casa cuentan que, cuando todavía era muy chico, ya agarraba herramientas e intentaba “arreglar” el auto familiar, sin saber exactamente qué hacía, pero con una curiosidad que parecía venir de fábrica.
Con el paso del tiempo esa curiosidad se fue transformando en algo más serio. Mientras otros chicos juegan videojuegos o miran el celular o tiktok, él prefiere pasar las tardes en el taller de su papá Franco, donde aprende a reconocer piezas, escuchar ruidos de motores y entender cómo funciona cada parte de un vehículo.
Los clientes del Taller ya lo conocen. Algunos lo saludan cuando llegan y otros se sorprenden al verlo concentrado frente a un motor abierto. Para él no es un trabajo ni una obligación: es simplemente el lugar donde más le gusta estar.
Con 10 años y las manos llenas de grasa,
Santino ya sueña con diseñar autos y arma junto a
su papá el vehículo que manejará cuando cumpla 18.

Un taller que también es escuela
La mecánica no se aprende solo con libros, y Santino lo sabe. Su aprendizaje ocurre mirando, preguntando y probando. A veces desarma piezas para entender cómo funcionan por dentro; otras, escucha atentamente mientras su papá explica qué falla tiene un auto o qué parte necesita reparación.
En ese proceso también hay lecciones que van más allá de los motores. En el taller se aprende sobre esfuerzo, responsabilidad y paciencia. Cada pequeño trabajo tiene su recompensa, y muchas veces termina guardando algunas monedas que ahorra con la ilusión de seguir avanzando en su proyecto personal.
En su casa incluso existe una penitencia particular. Si se porta mal o descuida la escuela, el castigo no es quedarse sin televisión ni sin celular: es no ir al taller por unos días. Y para él, eso sí que duele.
Cuando no puede estar ahí, busca otras formas de aprender. Desarma juguetes, mira tutoriales en internet y trata de descubrir cómo funcionan las cosas. La curiosidad no se apaga, solo cambia de escenario.
En un futuro, Santino quiere ser ingeniero mecánico,
diseñar autos y algún día tener su propio taller mecánico.
Pero hay un proyecto que ocupa un lugar especial en su historia. Junto a su papá trabajan en la restauración de una camioneta que estaba casi abandonada y que, si todo sale como esperan, será el vehículo que Santino manejará cuando cumpla 18 años.
No es solo un auto: es una excusa para compartir tiempo, aprender juntos y construir un sueño pieza por pieza.
Para Santino, el futuro ya tiene forma. Quiere ser ingeniero mecánico, diseñar autos y algún día tener su propio taller. Y cuando ese momento llegue, hay algo que tiene claro desde ahora: su papá va a trabajar con él.
Mientras tanto, sigue creciendo entre motores abiertos, manos manchadas de grasa y la certeza de que, aunque todavía sea un chico, ya encontró el camino que quiere seguir. Porque hay sueños que empiezan jugando… y terminan convirtiéndose en vocación.
Más info: Taller Mecánico JP (Av. Santa Ana al 3800)





