26 abril 2026
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Bioconstrucción: Dejó Buenos Aires, se instaló en Traslasierra y construyó su casa con sus manos

Jésica Belletti (42 años) dejó Berazategui, en el conurbano bonaerense, y edificó en el monte de Córdoba una casa de barro, paja y madera para habitar la naturaleza junto a su hijo. Pero no solo construyó un hogar, sino que levantó, con sus propias manos, una nueva forma de vida.

Durante años, Jésica Belletti de 42 años, vivió en el Conurbano en donde la rutina urbana marcó el pulso de sus días en Berazategui, hasta que una inquietud empezó a crecer: la necesidad de cambiarlo todo.

Ese deseo la llevó a emprender un viaje sin certezas, pero con una búsqueda clara: conectar con la naturaleza y construir una vida más simple. Así llegó al Valle de Traslasierra, en Córdoba, un lugar que la atrapó desde el primer momento por su ritmo pausado y su entorno.

“Yo quería conectar más con la naturaleza, con la tierra, con sembrar, con lograr otro ritmo de vida”, recuerda sobre esa decisión que marcaría un antes y un después.

Sin grandes recursos económicos pero con una fuerte determinación, comenzó a interesarse por la bioconstrucción. A través de videos, experiencias compartidas y aprendizaje autodidacta, descubrió que podía levantar su propia casa.

“Lo vi factible. No sólo desde lo económico, sino también desde lo humano: involucrarme directamente en el proceso”, resumió Jésica.

Construir con las manos,
habitar con el cuerpo

La casa empezó a tomar forma en el verano de 2022. Con adobe, paja y madera, y utilizando técnicas como la quincha, fue levantando un refugio en medio del monte, donde solo los cimientos tienen cemento.

“La cerré con quincha, la revoqué por dentro y me metí a vivir”, contó sobre ese momento en el que la obra dejó de ser proyecto para convertirse en hogar.

El proceso no fue fácil. Durante meses vivió sin servicios básicos, iluminándose con un farol solar, buscando agua en un arroyo y dependiendo de vecinos para tareas cotidianas.

Con el tiempo, la casa fue incorporando mejoras: paneles solares, un sistema de agua desde una vertiente natural y algunos electrodomésticos básicos que facilitaron la vida diaria.

Hoy, su vivienda tiene unos 30 metros cuadrados, forma hexagonal y un diseño integrado, sin divisiones tradicionales, pensado para aprovechar cada rincón.

Uno de sus rasgos más distintivos es el techo vivo, cubierto de tierra, piedras y plantas, que no solo regula la temperatura sino que también se funde con el paisaje.

En ese mismo espacio ocurrió uno de los momentos más importantes de su vida: el nacimiento de su hijo. “Fue una experiencia muy poderosa. El parto fue en mi casa, acompañado por parteras”, recordó.

La vivienda que Jésica tiene paredes gruesas de barro que mantienen una temperatura estable tanto en invierno como en verano, techos de madera y aberturas estratégicamente ubicadas para aprovechar la luz natural. A su vez, la casa fue pensada para reducir el consumo energético, recolectar agua de lluvia y convivir con el entorno sin alterarlo.

la casa de barro, paja y madera, fue pensada para reducir el consumo energético, recolectar agua de lluvia y convivir con el entorno sin alterarlo.

Cada rincón refleja el esfuerzo y el aprendizaje del proceso. Más que una casa, es un espacio construido con sentido, donde cada decisión tuvo un porqué.

Hoy, su vida transcurre entre la crianza, el trabajo manual y la bioconstrucción, actividad que se convirtió en su sustento. Junto a otras personas, acompaña a quienes buscan levantar sus propias casas con técnicas naturales.

“Era la vida que estaba buscando”, resume Jésica cuando piensa en el camino recorrido. La bioconstrucción no solo le permitió levantar un hogar, sino también redefinir prioridades, educar a su hijo en un entorno natural y recuperar una relación más directa con el tiempo y el trabajo manual.

Lejos del ruido urbano, su historia no idealiza el cambio, pero lo reafirma. Mientras el monte cordobés sigue siendo escenario de una elección que se construyó desde la tierra.