27 agosto 2026
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“Comete el mundo”: la nutricionista que ayuda a las mujeres a soltar la culpa y la dieta

Agustina Oliva, licenciada en Nutrición (MP 4222) y vecina de Valle Escondido, habla sobre por qué cada vez más mujeres necesitan sanar su vínculo con la comida y con su cuerpo, lejos de las restricciones y los mandatos estéticos.

Tiene 30 años, vive en Valle Escondido y desde hace tiempo se dedica a acompañar a mujeres que sienten que la comida y el cuerpo ocupan un lugar desproporcionado en sus vidas. Agustina Oliva es licenciada en Nutrición, matrícula profesional 4222, y su enfoque se aparta del de las dietas tradicionales: trabaja desde la alimentación intuitiva, sin restricciones ni culpa, para que sus pacientes puedan recuperar la libertad de elegir qué, cuánto y cómo comer.

¿Cómo nació tu interés por la nutrición y, particularmente, por acompañar a mujeres a sanar su relación con el cuerpo y la comida?
No tenía del todo claro que quería estudiar Nutrición; la decisión llegó recién en el último año del secundario y, al principio, no sentía que fuera mi pasión. Hoy creo que mi historia familiar tuvo mucho que ver con el camino que terminé eligiendo: vengo de una familia de dietantes crónicos, y mi abuela paterna es la referencia más fuerte que tengo de eso. Ella falleció antes de que yo empezara la carrera y nunca pudo verme ejercer, pero siento que hay algo suyo en esta elección. Lo que más me moviliza es ayudar a las mujeres a dejar de luchar con la comida y con el cuerpo, a soltar la culpa y el control, y a hacerle lugar a lo que realmente importa en la vida. Tengo una frase que resume bastante bien todo esto: “comete el mundo”. Cuando la comida y el cuerpo dejan de ocupar el lugar que no les corresponde —y vuelven a ser solo una porción de la cabeza—, se abre un espacio enorme para elegir qué querés hacer, para desarrollar otros proyectos y para poner la energía en otro lado. Eso es lo verdaderamente valioso.

Cuando hablás de “sanar la relación con la comida”, ¿qué significa concretamente y cómo se reconoce que existe una relación conflictiva con la alimentación?
En las mujeres con las que trabajo, la comida suele ocupar entre el 80% y el 90% del espacio mental. Para mí, sanar esa relación es lograr que ese volumen baje, que dejemos de pensar en la comida de manera obsesiva desde que nos levantamos —no hablo de planificar, sino de una preocupación constante—. Una relación conflictiva se reconoce en señales concretas: pensar todo el tiempo en la comida, compararse con lo que comen otras personas, medir la propia alimentación en función de la ajena y no del deseo propio, restringir alimentos o eliminar grupos enteros porque se cree que “engordan”.

“Merecemos una vida más libre, sin culpas ni restricciones, en la que la comida
ocupe el lugar que le corresponde”

Vivimos rodeados de mensajes sobre dietas, cuerpos “ideales” y alimentos que supuestamente están permitidos o prohibidos. ¿Cómo impacta esto en nuestra relación con la comida y con nuestro propio cuerpo?
El fenómeno de las redes sociales, con influencers que hablan de nutrición sin ser profesionales de la salud y demonizan alimentos, empeora bastante el panorama. Ese contenido impacta sobre todo en quienes yo llamo “tierra fértil”: para que se desarrolle un trastorno alimentario o una mala relación con la comida y el cuerpo hacen falta varios factores combinados, y estos mensajes no ayudan; al contrario, funcionan como una semilla que cae en un terreno ya predispuesto. No suman nada.

¿Por qué considerás importante trabajar desde una alimentación sin restricciones y sin culpa? ¿Qué diferencia hay entre comer saludable y vivir permanentemente a dieta?
Como mujeres ya cargamos con bastante encima: mandatos sobre cómo debería verse nuestro cuerpo y qué deberíamos o no comer. Por eso me parece tan importante este enfoque: merecemos una vida más libre, sin culpas ni restricciones, en la que la comida ocupe el lugar que le corresponde y quede espacio para todo lo demás —desarrollarnos como mujeres, madres, profesionales o hijas, cualquiera sea el rol que cada una elija—.Todo lo que sea “dieta” siempre va a tener una connotación restrictiva: eliminar ciertos alimentos con el único fin de bajar de peso y achicarnos. Ahí aparece otro problema de fondo: creemos que nuestro cuerpo es de plastilina y que podemos moldearlo a voluntad, cuando en realidad no es así. La diversidad corporal existe, todos tenemos cuerpos distintos, y eso está bien.

La culpa, el cuerpo y las redes:
los enemigos silenciosos

Muchas personas sienten culpa después de comer determinados alimentos. ¿De dónde surge esa culpa y cómo se puede empezar a desarmarla?
Sobre la culpa me gusta citar una frase de Moria Casán: si no tenés culpa, te la inculcan. Culturalmente, la culpa nace de muchos lados —la religión, por ejemplo, es un terreno muy culposo, con reglas estrictas sobre lo que se debe y no se debe hacer—. Es lógico que esa culpa se traslade a nuestra relación con la comida y el cuerpo, porque comemos todos los días, durante toda la vida. Para empezar a desarmarla, propongo cuestionar su origen: ¿de dónde viene?, ¿qué necesito realmente?, ¿qué me sirve y qué no?, ¿qué pasa si me dejo llevar por el deseo y el placer? Esas preguntas suelen ser un buen disparador.

¿Qué lugar ocupan el hambre, la saciedad y la escucha del propio cuerpo en este proceso?
Es un lugar clave. El punto de partida es el registro corporal: empezar a escuchar señales que, después de años de dieta y restricción, suelen estar apagadas. Eso es normal y esperable, y se puede reconectar de a poco hasta llegar a identificar el hambre y la saciedad. Se empieza por señales sutiles —cómo se siente el hambre, si aparece, por ejemplo, un pequeño ruido en la panza— y de a poco se van interpretando las distintas señales que da el cuerpo. Es fundamental porque, al final, terminamos guiándonos por nuestro propio registro y nuestro propio deseo, y no por reglas externas. Eso es lo más valioso.

¿Cómo influyen las redes sociales en la percepción que tenemos de nuestros cuerpos y en nuestras decisiones alimentarias?
Las redes son un arma de doble filo: por un lado pueden promover la neutralidad corporal y el body positive, pero por otro también pueden hacer mucho daño. Por eso soy fiel defensora de “limpiar” el algoritmo: nosotros le enseñamos a la red lo que nos gusta, así que recomiendo decidir conscientemente qué queremos ver y prestar atención a cómo nos hace sentir. Si después de media hora de scroll aparece la culpa o la insatisfacción personal, vale la pena preguntarse: ¿qué es lo que estoy viendo? ¿A qué le estoy prestando atención que me genera esto?
¿Qué señales pueden indicar que una persona necesita revisar su vínculo con la comida, incluso si desde afuera parece tener una “alimentación saludable”?

Algunas señales a tener en cuenta son sentir culpa al comer, evitar juntadas sociales para no tener que comer, no usar determinadas prendas por cómo se ve el cuerpo, restringir alimentos, tener el deseo constante de bajar de peso, contar calorías o pesar la comida, y pensar que si no se cumple con “el plato ideal” algo está mal.

“Le enseñamos al algoritmo lo que nos
gusta: por eso hay que decidir
conscientemente qué queremos ver”

Para alguien que quiere empezar a construir una relación más amable con la comida y con su cuerpo, ¿cuál podría ser un primer paso concreto?
El primer paso es pedir ayuda. Cuando la comida empieza a ocupar tanto espacio en la cabeza, ese es un indicador claro para tomar acción. Es importante saber que se puede vivir de otra forma, incluso después de más de treinta años de dieta y de una mala relación con la comida: hay otros caminos, otras salidas, y una manera de vivir sin culpa y sin restricciones.

Si tuvieras que dejarles un mensaje a las mujeres que sienten que están constantemente peleando con su cuerpo o con la comida, ¿qué les dirías?
Les diría que se hablen a sí mismas como le hablarían a una amiga: con amor, sin criticarse ni juzgarse. Eso que no le harías a una amiga, no te lo hagas a vos misma. Existe una vida fuera de la cultura de la dieta y de hacer actividad física para “compensar” lo que se come. Hay otro camino, aunque nunca antes lo hayas experimentado. Puede dar miedo al principio, porque implica soltar el control y tomar decisiones distintas a las de siempre, pero el camino —y la recompensa— valen mucho la pena.

La charla con Agustina Oliva deja una idea central: sanar la relación con la comida no es una cuestión de fuerza de voluntad ni de “comer mejor”, sino de correr a la alimentación del centro de la escena para poder ocuparse de todo lo demás, un proceso que lleva ayuda, paciencia y constancia. Su mensaje, dirigido especialmente a las mujeres que sienten que libran una batalla diaria con el espejo y con el plato, es simple y contundente: hay otra forma de vivir, sin culpa ni restricciones, y vale la pena animarse a encontrarla.

Más información: Instagram: Agustina Oliva