El motor arranca temprano y el paisaje cambia casi todos los días. A veces despiertan frente al mar, otras al costado de una ruta rodeada de monte o estacionados en algún pequeño pueblo perdido del mapa. Así es la vida de Cati y Rober, la pareja argentina detrás de “viajamossindestino”, que hace tres años decidió abandonar la rutina para convertir un colectivo en su hogar y lanzarse a recorrer Sudamérica.
Todo comenzó con una pregunta simple, pero poderosa: qué pasaría si se animaban a vivir distinto. Cansados de los horarios, las obligaciones y la sensación de estar atrapados en una vida que ya no los hacía felices, decidieron dejar atrás la comodidad y apostar por un sueño que para muchos parecía imposible.

“Arrancamos un viaje… sin saber hasta dónde nos iba a llevar. Solo teníamos sueños, miedo… y una casita con ruedas”, escribieron recientemente al cumplirse tres años exactos desde que iniciaron esta aventura.
El bus en el que viajan hace ya 3 años cuenta con cama, cocina, espacios de guardado, paneles solares para generar electricidad, tanques de agua y todo lo necesario para vivir viajando.
El gran protagonista de esta historia es un viejo colectivo de larga distancia que compraron usado y transformaron prácticamente desde cero. Durante meses trabajaron en la restauración: quitaron asientos, colocaron aislación térmica, reacondicionaron paredes y diseñaron cada rincón para convertirlo en una casa funcional.
El bus hoy cuenta con cama, cocina, espacios de guardado, paneles solares para generar electricidad, tanques de agua y todo lo necesario para vivir viajando. Lo que antes transportaba pasajeros, ahora transporta sueños, historias y kilómetros de libertad.

La ruta, los miedos y una vida
completamente distinta
La primera vez que arrancaron el motor para salir a la ruta no tenían demasiadas certezas. Solo ganas de intentarlo. Desde entonces recorrieron Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, atravesando playas, montañas, caminos de tierra y ciudades donde muchas veces terminaron quedándose más tiempo del planeado.
Actualmente continúan viajando por Brasil y proyectan seguir avanzando hacia el norte sudamericano. Aunque comparten imágenes paradisíacas y momentos felices en redes sociales, aseguran que la vida nómade también tiene momentos difíciles. “Muchas veces mostramos paisajes, rutas, momentos felices… pero no se ve el miedo. El miedo a equivocarnos. A extrañar. A no poder. Pero igual seguimos”, contaron.

“Viajando, entendimos que el hogar no siempre es un lugar. A veces el hogar es una persona. Un abrazo. Una mirada. Y una pequeña casa que rueda con nosotros”.
Y es justamente esa mezcla entre incertidumbre y libertad lo que terminó transformándolos. La distancia con la familia, los desperfectos mecánicos, las tormentas inesperadas y el cansancio forman parte del viaje tanto como los amaneceres frente al mar o los mates bajo la lluvia.
“Dejamos atrás nuestra familia, nuestros afectos, nuestra vida de antes… y con eso también dejamos una parte de nosotros”, reflexionaron. Sin embargo, aseguran que el camino también les enseñó algo mucho más profundo: “Entendimos que el hogar no siempre es un lugar. A veces el hogar es una persona. Un abrazo. Una mirada. Y una pequeña casa que rueda con nosotros”.
En estos tres años conocieron viajeros de distintas partes del continente, personas que los ayudaron en plena ruta y lugares que jamás imaginaron descubrir. Pero más allá de los paisajes, sienten que el verdadero cambio ocurrió puertas adentro. “Este no fue solo un viaje por lugares… fue un viaje hacia adentro. Para conocernos. Para soltar. Para crecer”, explicaron.

Hoy, después de miles de kilómetros recorridos, Cati y Rober aseguran que ya no podrían volver a mirar la vida de la misma manera. “La vida pasa rápido. Y lo único que realmente queda… son los momentos… y las personas con las que los viviste”. Mientras el colectivo siga encendido y haya un camino por delante, la aventura continuará.-
Más info: Viajamos sin destino





