
Hay sueños que nacen mucho antes de convertirse en realidad. Para la cordobesa Paula Varrone, de 27 años, contadora y vecina de B° Villa Belgrano, Grecia siempre ocupó un lugar especial en su lista de destinos pendientes. Pero el viaje terminó siendo mucho más que conocer paisajes históricos: encontró la oportunidad de dedicar varias semanas al cuidado de decenas de gatos rescatados, una experiencia que unió dos de sus mayores pasiones: viajar y convivir con animales.
Actualmente, Paula se encuentra cerrando una etapa de un año en Alemania y, en pocos días, regresará a Córdoba luego de cuatro años recorriendo distintos rincones del mundo. En ese camino apareció una propuesta difícil de rechazar: un voluntariado en el refugio Let’s Be S.M.A.R.T., ubicado en la región de Ática, en las afueras de Atenas.
“Grecia siempre fue un país que quise conocer. Sabía que tenía una conexión muy especial con los gatos y la idea de combinar un viaje con un voluntariado siempre me había llamado muchísimo la atención porque unía dos cosas que amo: viajar y estar rodeada de gatos”, cuenta Paula. La oportunidad apareció casi por casualidad cuando visitaba a una amiga en Alemania. “Una amiga de ella había participado del mismo voluntariado, me pasó el contacto de la organización, tuve una entrevista y me dijeron que estarían felices de recibirme. No lo dudé ni un segundo”, recuerda.
“Fue una combinación perfecta entre
ayudar a los animales, conocer personas de diferentes partes del mundo y vivir una experiencia única en Grecia. Si hubiera tenido la posibilidad, me habría quedado más tiempo”
La propuesta consistía en intercambiar trabajo por alojamiento y comida, mientras compartía una experiencia con voluntarios de distintas partes del mundo. El refugio albergaba alrededor de 50 gatos y cuatro perros, cada uno con necesidades diferentes. Había habitaciones para gatos ancianos, otras para animales tímidos o con problemas de adaptación, espacios exclusivos para gatitos recién nacidos y sectores destinados a quienes necesitaban dietas especiales.

Las jornadas comenzaban temprano. “El turno de la mañana era el más intenso”, explica. Después del desayuno compartido entre los voluntarios, comenzaban las tareas: lavar platos de comida y agua, limpiar areneros, alimentar a todos los animales y mantener impecable la casa. “Primero limpiábamos los pisos, después utilizábamos una aspiradora especial para eliminar bacterias y finalmente volvíamos a limpiar con otros productos específicos. También limpiábamos los baños y cada espacio de la casa”, describe. Por la tarde y la noche continuaban con tareas de mantenimiento, mientras que cada voluntario contaba con dos días libres para descansar o recorrer la zona.
Mucho más que cuidar animales
Aunque el trabajo requería constancia y responsabilidad, Paula asegura que nunca sintió que fuera una obligación. “Era una rutina muy tranquila. No se sentía como un trabajo, sino como una forma de acompañar y cuidar a los animales”, afirma. Lo que más la marcó fue el vínculo que logró construir con los gatos rescatados. “Muchos llegaban desde la calle en situaciones muy difíciles, algunos con problemas de salud o discapacidades. Poder acompañarlos, especialmente a los más viejitos o a los que necesitaban más atención, fue una experiencia muy especial. También disfruté muchísimo jugar con los kittens y ver cómo crecían hasta ser adoptados”, relata.
Durante su estadía en Grecia, Paula compartió sus días con gatos que habían sido rescatados de la calle, muchos de ellos con enfermedades, discapacidades o historias de abandono. Ver su recuperación y, en muchos casos, acompañarlos hasta encontrarles un hogar fue el momento más movilizador de todo el voluntariado.
Pero el refugio también fue un punto de encuentro entre culturas. Paula convivió con voluntarios de Francia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Noruega y otros países. “Además de aprender sobre el cuidado de los animales, compartimos nuestras formas de ver la vida, nuestras costumbres y nuestras historias. Eso hizo que la experiencia fuera muchísimo más enriquecedora”, sostiene.

El programa incluía alojamiento, todas las comidas y actividades recreativas para fortalecer los vínculos entre los participantes. “Nos llevaron a un karaoke en Atenas, salimos a merendar a lugares típicos y organizaban almuerzos entre todos. Son pequeños detalles que hacen que la experiencia sea mucho más completa”, recuerda. Para ella, uno de los grandes valores del voluntariado fue precisamente ese intercambio humano que se generó más allá de las tareas cotidianas.
Respecto de la cultura griega, reconoce que su inmersión fue parcial porque convivía principalmente con voluntarios internacionales. Sin embargo, pudo conocer de cerca a una de las managers griegas y a los dueños de la casa. “Tuve una relación muy linda con ellos y algo que me llamó mucho la atención fue el cariño con el que recibían a los argentinos. Ya habían pasado otros voluntarios de nuestro país y tenían una imagen muy positiva. Sentí que valoraban mucho nuestras ganas de ayudar, de aprender y de conocer nuevas culturas”, cuenta. Según percibió, los veían como personas curiosas, abiertas al mundo y dispuestas a vivir nuevas experiencias.
Para Paula, el mayor desafío no fue el idioma ni las costumbres, sino adaptarse a una convivencia multicultural. “Lo más desafiante fue acostumbrarme a una rutina diferente y compartir el día a día con personas de tantos países distintos, aunque justamente eso terminó siendo una de las cosas que más disfruté”, asegura.
“Después de cuatro años viajando por el mundo, mi proyecto más grande ahora es volver a Córdoba y poder adoptar un gatito. Esta experiencia despertó mucho más ese deseo de volver a tener un compañero de cuatro patas y darle un hogar”
Al hacer un balance, no duda en definir la experiencia como una de las más significativas de su vida. “Fue una combinación perfecta entre ayudar a los animales, conocer personas de diferentes partes del mundo y vivir una experiencia única en Grecia. Si hubiera podido, me habría quedado más tiempo”, reconoce. También destaca el enorme trabajo de las organizaciones que rescatan animales abandonados: “Fue muy movilizador ver todo el esfuerzo que hay detrás de estos proyectos y sentir que, aunque sea con una pequeña acción, uno puede aportar a que la vida de un animal sea un poco más linda. Saber que pudiste acompañarlos y darles cariño es una sensación muy especial”.

Antes de despedirse, deja un consejo para quienes sueñan con vivir una experiencia similar. “Hay que ir con la mente abierta, dispuesto a adaptarse y entendiendo que es una experiencia de convivencia. Puede tocar compartir habitación, hacer tareas físicas o convivir con personas muy distintas, pero justamente ahí está la riqueza del voluntariado. Lo importante es aprovechar cada momento”. Después de cuatro años viajando por el mundo, Paula ya tiene claro cuál será su próximo destino: volver a Córdoba, reencontrarse con su ciudad y cumplir otro sueño muy personal. “Lo que más deseo ahora es adoptar un gatito y darle un hogar. Esta experiencia despertó todavía más esas ganas de volver a tener un compañero de cuatro patas”.-
Más info: Paula Varrone





