Hay historias que no necesitan ser inventadas del todo: alcanza con mirar de cerca la vida cotidiana para encontrar en ella material de sobra para una comedia. Eso fue exactamente lo que hizo, durante el último año, un grupo de residentes de la Residencia Geriátrica San Clemente, en B° Argüello. De esos encuentros semanales, entre risas, ensayos y algún que otro desacuerdo creativo, nació “El casamiento del Pepe y la Pochi”, una obra que el domingo 26 de julio tuvo su función en el Teatro María Castaña, ubicado en calle Tucumán 260.
No se trata de una puesta armada por terceros para que un grupo de adultos mayores simplemente la interprete. Aquí el orden fue distinto: primero fueron ellos quienes decidieron qué contar, y recién después llegó el oficio de convertirlo en teatro. Los propios residentes definieron el argumento, escribieron buena parte del guion, eligieron el vestuario y armaron la escenografía, apoyándose en lo aprendido en otros talleres de la residencia.
La dirección estuvo a cargo de Marxela Etchichury, directora teatral y acompañante terapéutica, quien acompaña las clases desde hace un año y ya suma cinco obras producidas junto al grupo. El trabajo se enmarca en la propuesta de talleres de la residencia, coordinada por la trabajadora social Mariela Leiva, para quien el teatro cumple una función que va mucho más allá del entretenimiento.
“El taller de teatro es expresión pura. Ahí está el valor: en la afectividad y en las emociones, tanto positivas como negativas, porque es un buen espacio para que todo eso salga a la luz”

De la Residencia Geriátrica al Teatro
Leiva explica que, mientras otros talleres apuntan al cuerpo o a la estimulación cognitiva —el de movimiento trabaja fuerza y equilibrio, el de laborterapia la motricidad fina—, el teatro abre un terreno distinto: el de los vínculos. Según cuenta, en los ensayos se van tejiendo amistades y lazos que después se sostienen puertas afuera del escenario.
La trama sigue el casamiento de dos personajes, Pepe y Pochi, con algunos guiños autobiográficos que los propios actores fueron incorporando: los vínculos que se forman dentro de la residencia, historias familiares de migración, y una buena dosis de humor absurdo. Antes del casamiento, por supuesto, no podía faltar la despedida de solteros: el grupo grabó un video recorriendo distintos puntos de la ciudad en un colectivo turístico descapotable, con una parada especial en el Parque Sarmiento, que se proyectó como apertura de la función antes de la actuación en vivo.
Para los propios integrantes del elenco, participar del proyecto significó bastante más que subir a un escenario. Así lo resume una de las actrices, quien encontró en el taller un espacio para dejar salir una vocación que tenía guardada hace años. 
“Nos deja improvisar, que le corrijamos o que le demos nuestra opinión en el libreto. Nosotros vamos agregando cosas hasta formarlo y ahí empezamos a ensayar”
Etchichury, por su parte, sostiene que la elección del absurdo como género no fue casual: permite trabajar las diferencias y las desigualdades desde un lugar liviano, sin solemnidad. Y agrega que el ejercicio de repetir y repetir en los ensayos también cumple una función concreta sobre la memoria, aunque el verdadero motor del proceso sea otro: la posibilidad de que cada integrante siga sumando ideas propias a una historia que, en definitiva, les pertenece.
Detrás de la anécdota teatral hay una idea más de fondo, que la propia residencia busca instalar: la vejez no tiene por qué asociarse a la pasividad ni al retiro de la escena social. “El casamiento del Pepe y la Pochi” es, en ese sentido, mucho más que una obra de teatro: es una forma de decir que los adultos mayores pueden seguir siendo protagonistas de sus propias historias, con proyectos, deseos y capacidad de construir de manera colectiva.

Con aplausos, fotos y algún que otro abrazo emocionado al final de la función, el elenco de la Residencia San Clemente demostró que ni la edad ni las etiquetas alcanzan para definir lo que una persona todavía tiene por crear.
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