
En una de las salas del Museo Caraffa, todos los sábados ocurre algo que va mucho más allá de una actividad artística. Allí, un grupo de mujeres se reúne a bordar, pero también a hablar, pensar, reír y construir comunidad. “Bordadoras en el Museo” es un proyecto que, con el paso de los años, se convirtió en un espacio de encuentro profundamente transformador.
La iniciativa surge como parte del Proyecto Vaivén, una propuesta más amplia que buscaba promover el acceso y la democratización de la cultura. A través de la articulación entre museos, universidad y barrios populares, el proyecto impulsó el arte como una forma de intercambio de saberes y construcción colectiva.
En ese marco, el grupo de bordadoras comenzó a tomar forma. Mujeres de distintos barrios de Córdoba, como Villa El Nylon, Revol Anexo, Barrio Chino, Yofre o el cortadero de ladrillos de San Carlos, empezaron a encontrarse en el museo junto a estudiantes y artistas. La propuesta tenía un objetivo claro: generar un espacio donde cada una pudiera correrse de sus obligaciones diarias y reencontrarse consigo misma.
El bordado apareció casi por casualidad, cuando una de las integrantes, Mica, compartió su saber aprendido en la murga de su barrio. Desde ese momento, la técnica se convirtió en un punto de partida que, con el tiempo, evolucionó hacia un lenguaje propio cargado de sentido.
Somos un colectivo artístico de 23 mujeres que trabaja juntas desde 2016. Estamos en el Museo Emilio Caraffa de Córdoba Capital.
Durante el primer año aprendieron a bordar, pero rápidamente el proyecto dio un giro. En 2017, eligieron trabajar sobre la soledad como temática común, entendiendo el bordado como un medio de expresión artística. Desde entonces, cada año abordan nuevos temas que invitan a reflexionar y crear colectivamente.

Del bordado como técnica al bordado como lenguaje
Hoy, el grupo está conformado por 23 mujeres y sostiene una trayectoria de más de una década. Ellas tienen distintas edades y trayectorias: amas de casa, artistas, docentes, estudiantes, madres, hijas, trabajadoras, mujeres provenientes de distintos estratos sociales, de clase media y de sectores populares. Y lo que las une no es sólo el bordado, sino el deseo de hacer del arte un espacio de encuentro, comunidad y transformación. El compromiso de reunirse cada sábado implica mucho más que asistir: es organizarse, conseguir materiales y, sobre todo, involucrarse emocional e intelectualmente con lo que se trabaja.
Entre hilos, debates y emociones, el arte se vuelve una herramienta para decir, pensar y compartir. Una experiencia que demuestra que la cultura también se construye desde lo comunitario.

Para ellas, el bordado trasciende ampliamente lo técnico. “Es un cable a tierra”, dice Lore. “Una terapia”, coinciden Chela y Roxi. Otras lo definen como “un espacio de tranquilidad y felicidad”, “una forma de expresarse”, “placer” o incluso “un desahogo” que les permite olvidarse, por un rato, de las preocupaciones cotidianas.
En cada puntada hay algo más profundo: pensamientos, emociones, historias personales. “Bordar es pensar, entrar en un lugar de tranquilidad para reflexionar”, cuentan algunas integrantes. Y también es un espacio de debate, donde las diferencias conviven con el respeto: “Somos muchas y pensamos distinto, pero podemos decirlo”.
El museo, en este sentido, no es un escenario más. Es un lugar clave que permite el encuentro entre distintas realidades y, al mismo tiempo, habilita la posibilidad de exhibir, compartir y resignificar el arte. Allí, las bordadoras no solo producen obras, sino que también se reconocen como parte del mundo artístico.
A lo largo de los años, el proyecto estuvo atravesado por momentos significativos. Desde exposiciones que emocionaron al público hasta experiencias personales que dejaron huella. Una de ellas recuerda cómo, mientras bordaba una obra sobre Eva, una mujer se emocionó al vincularla con la historia de su propia familia.
El crecimiento del grupo también implicó derribar prejuicios. Muchas de ellas llegaron con miedo a ser discriminadas o con la sensación de no pertenecer. Sin embargo, con el tiempo, ese espacio se transformó en un lugar de seguridad, aprendizaje y confianza. “Me abrió la mente y me permitió creer en mí misma”, cuenta una de las integrantes.

El proyecto no se detiene. El próximo 2 de julio inaugurarán una doble exposición: por un lado, trabajos vinculados a la sexualidad, y por otro, una muestra que recorre los 10 años de historia del grupo. Una oportunidad para compartir con el público todo lo construido a lo largo del tiempo.
Además, quienes quieran acercarse a esta experiencia podrán hacerlo a través de distintos talleres abiertos en la ciudad, que replican el espíritu del proyecto en otros espacios. Porque, como demuestran las bordadoras, el arte no es solo una obra terminada: es, sobre todo, un proceso colectivo que une, transforma y deja huella.
Más info: @bordeadorasdemuseo





