Dejó Argentina, perdió todo y encontró en Pipa el lugar que hoy llama hogar

Sol Machado llegó a Pipa en 2009 desde Buenos Aires con 26 años, sin conocer el idioma y detrás de un proyecto que fracasó, pero convirtió aquel comienzo de cero e incierto en una nueva vida entre la moda, el turismo y las redes sociales donde cuenta con más de 129 mil seguidores.


Hay decisiones que se toman después de meses de análisis y otras que nacen de una imagen, una intuición y unas ganas enormes de cambiar de vida. En 2009, Sol Machado tenía 26 años, estaba casada y vivía en Buenos Aires. Había nacido en Rafael Calzada y su familia se había mudado a Mar del Plata, pero ella estaba a punto de emprender un viaje que terminaría cambiando para siempre su historia: dejar Argentina y mudarse a Pipa, un pequeño pueblo del nordeste brasileño que por entonces era prácticamente desconocido para los argentinos.

La propuesta llegó de una tercera persona, que conocía Pipa y se la había presentado como “su lugar en el mundo”. Sol buscó el destino en Google y encontró playas paradisíacas, calor durante todo el año y un paisaje que parecía hecho para ella. “Yo amo el mar desde siempre, desde chica. Cada vez que podía escaparme era siempre a la playa”, recuerda. Sin demasiadas vueltas, le dijo a su entonces marido: “Sí, vámonos”. Vendieron todo y en apenas tres meses tomaron la decisión. “No le dimos tiempo a la familia de nada. Obviamente que mi vieja no quería, mi familia no quería, porque éramos muy familieros. Pero no lo dudamos y nos vinimos”.

El comienzo, sin embargo, estuvo lejos de parecerse a las imágenes que había visto en internet. El proyecto comercial que los había llevado hasta Brasil no funcionó. “Nos vinimos sin conocer y sin saber, sin haber hecho análisis del mercado”, admite. La persona que había propuesto el negocio conocía Pipa como turista, pero no tenía experiencia empresarial en el lugar. El resultado fue contundente: “Nos fundimos en muy poquito tiempo, nos quedamos sin nada de plata”. Entonces se mudaron a Natal, la ciudad más cercana, en busca de trabajo. Había otro problema enorme: no hablaban portugués.

Del fracaso inicial a la
libertad de empezar de nuevo

Durante el primer año todo fue cuesta arriba. Sol consiguió trabajos que no necesariamente tenían relación con sus sueños: recepción en una posada, atención en un restaurante, tareas para subsistir. También encontró alternativas que le gustaban más, como fotografiar turistas y venderles las imágenes. “Siempre me di mañas para todo”, cuenta. Para pagar el alquiler llegó a compartir casas con amigos y atravesó experiencias que, según reconoce, probablemente nunca hubiera vivido en Argentina.

Mientras tanto, Pipa seguía llamándola. “Natal no me gustaba y siempre me venía para Pipa todos los fines de semana”, recuerda. Finalmente, el matrimonio terminó. “Nos separamos bien, no pasó nada, simplemente no funcionó más”. Quedaron como grandes amigos hasta hoy. Él se quedó en Natal y luego se mudó a Río de Janeiro; ella eligió Pipa. Y fue entonces cuando apareció uno de los momentos más fuertes de aquella historia: quedarse completamente sola en un pequeño pueblo brasileño, lejos de su familia y obligada a comenzar nuevamente.

“Fue un momento único en mi vida. Nunca más tuve la misma sensación que tuve aquel entonces cuando me vine de Natal para Pipa”, relata la nacida en Buenos Aires. Estaba “completamente sola en un pueblito brasileño en el nordeste, lejos de la familia, lejos de todo el mundo, sin marido, sin nada, a tener que empezar de cero”. La cultura tampoco era la suya y la comunidad argentina era todavía muy pequeña. “Fue un desafío genial, me encantó. Sentí una sensación de libertad inmensa”. No fue sencillo, pero aquella experiencia terminó siendo decisiva.

Sol también llegó a Pipa cargando con otra historia. En Argentina trabajaba y estudiaba al mismo tiempo: era gerente de una tienda de ropa en Capital, viajaba todos los días desde la provincia de Buenos Aires y, al regresar, trabajaba en su propio emprendimiento de indumentaria. Además, estudiaba para convertirse en fashion designer. Aquella sobrecarga terminó afectando seriamente su salud: tuvo problemas de memoria, desorientación y desmayos, por lo que se sometió a numerosos estudios médicos. “Me hicieron todo tipo de estudios, hasta electroencefalogramas, para ver si tenía algún problema en el cerebro o algún problema neuronal”, cuenta. Finalmente le dijeron que sufría un nivel de estrés muy alto. “Cuando llegué a Pipa se me curó todo. No tuve más nada, nunca más”.

“Tuve muchos episodios de desmayos y me hicieron muchísimos estudios médicos en Buenos Aires, incluso electroencefalogramas, para ver si tenía algún problema cerebral o neuronal, pero no me encontraban nada. Al final me dijeron que tenía un pico de estrés muy alto que me provocaba todos esos síntomas y, cuando llegué a Pipa, se me curó todo: no tuve más nada, nunca más.”

Para ella, aquella transformación también explica una diferencia fundamental entre la vida urbana y el nordeste brasileño. “En las grandes ciudades, con tanta información, uno quiere siempre hacer muchísimas cosas. El consumismo quiere tener muchísimo, trabajar de un montón de cosas y se sobrecarga”. En Pipa descubrió otra lógica: “Acá en el norte de Brasil la cultura es diferente, la gente es mucho más lenta, todo es más lento”. El nordestino tiene sus propios tiempos y, como dice ella, “te dice calma, calma”. Esa pausa terminó convirtiéndose en parte de su identidad. “Soy muy ansiosa, hiperactiva, entonces vivir en un lugar así a mí me baja, me relaja, me mantiene bastante con los pies en la tierra”.

De 100 reales a una vida
construida alrededor de Pipa

El proceso de adaptación también tuvo un componente social. Sol destaca la manera en que los brasileños la recibieron. “El brasileño es muy abierto, es muy sociable, el nordestino es muy familiero. Te invitan a la casa muy rápido, ni te conocen y ya te invitan a comer algo, te dan un plato de comida, te presentan a toda la parentela”. Para ella, esa característica hizo que fuera sencillo conectar con la comunidad: “A nivel social me fue muy fácil conectar con la gente de acá, ser amigos y ser muy querida”.

Pero había algo que Sol tenía claro desde el comienzo: quería vivir de la moda. Después de aquellos primeros trabajos, empezó a observar Pipa con otros ojos. Pasó dos años aproximadamente aprendiendo el idioma, adaptándose y, sobre todo, estudiando cómo funcionaba la economía local. Analizó las temporadas altas y bajas, el comportamiento de los comercios y la forma en que los emprendedores debían guardar dinero durante el verano para afrontar los meses de menor turismo. Recién entonces puso en marcha su propio proyecto.

En 2012, con apenas 100 reales, creó Made in Pipa. “Quería que sea ropa hecha en Pipa, entonces, como Made in China, pero bueno, Made in Pipa”, explica la actual Fashion designer e influencer. Compró cinco musculosas, una tijera y algunas pinturas. Las intervino, les sacó fotos y las publicó en Facebook, cuando Instagram todavía no existía. Las vendió, triplicó el dinero y volvió a comprar materiales. Repitió el proceso una y otra vez. Después incorporó crochet y macramé realizados por artesanas locales y comenzó a crear piezas únicas. “Empecé a crear prendas creadas en Pipa, tanto por mí como por mano de obra local”.

“Hoy mi actualidad es trabajar con mi
marca Made in Pipa, que sigue ahí, con mi local,
mi apartamento que alquilo y mi trabajo como influencer. Pipa me dio muchísimas experiencias
que quizás en Argentina no hubiese vivido.
Soy muy ansiosa, hiperactiva, entonces vivir en un lugar así a mí me baja, me relaja, me mantiene bastante con los pies en la tierra.”

El primer local tampoco llegó de manera tradicional. No tenía dinero para alquilar un espacio, por lo que comenzó vendiendo entre amigas, a través del boca en boca y de Facebook. Una amiga que tenía un local le ofreció un perchero a cambio de una comisión sobre las ventas. Después apareció otra oportunidad: un conocido que estaba abriendo un restaurante le propuso un intercambio. “Sol, vi que te manejás muy bien con Facebook. Si vos me ayudás con el Facebook de mi restaurante, yo te cedo el espacio para que pongas tu local”. Así nació el primer local propiamente dicho de Made in Pipa. Sin buscarlo demasiado, Sol también se convirtió en una especie de community manager. “Era como un canje. Era buena en las redes sociales también”.

Con el tiempo, su espíritu emprendedor la llevó por distintos rubros. Tuvo un restaurante con una pareja, abrió una posada con otra y fue probando diferentes negocios. “El hecho de estar en diferentes o conocer o haber probado diferentes rubros también me ayudó mucho a entender más y más cómo funciona este lugar”, explica. Y esa experiencia terminó complementándose con otra faceta que hoy es central en su vida: las redes sociales. “En esa época ya subía videos mostrando Pipa en Facebook, solamente que era más que nada para mis amigos y mi familia. Hacía lo mismo que hago hoy, pero para mi gente”.

Actualmente, a sus 45 años, Sol mantiene tres actividades principales. “Tengo mi marca Made in Pipa, mi apartamento que alquilo y lo de turismo con las redes sociales”. La marca continúa funcionando con un local alquilado y una empleada; ella sigue creando las prendas, aunque ya no las fabrica personalmente en su casa. Algunas las manda a confeccionar y otras las compra para luego customizarlas. Además, tiene un departamento en un condominio con piscinas que alquila a sus seguidores con descuento. Y está su trabajo como influencer, con colaboraciones vinculadas a paseos, hospedajes y traslados, además de promociones para comercios. En su instagram cuenta con más de 129 mil seguidores, ni más ni menos. En esa tarea trabaja junto a Matías, su expareja. “Al principio se mezcló todo. Empezamos a ser pareja y empezamos a trabajar juntos al mismo tiempo. Después la pareja no dio en la parte amorosa, pero seguimos amigos, muy amigos, y seguimos trabajando juntos”.

Vivir tantos años en Brasil también le enseñó a Sol cómo construir una convivencia respetuosa entre culturas. Su fórmula es clara: “Yo siempre respeté que estoy llegando a un nuevo país, con una nueva cultura, y que soy yo la que se tiene que adaptar”. Dice que nunca perdió sus costumbres argentinas, pero tampoco intentó imponerlas. “No planté bandera ni quise argentinizar la zona, entonces siempre fue una convivencia armoniosa la que tuve con la comunidad brasilera”. Según observa, hoy existe una mayor presencia argentina y pueden aparecer conflictos cuando alguien pretende modificar las costumbres locales. Para ella, no es algo exclusivo de los argentinos: “Para cualquier otra nacionalidad que llegue y no respete pasa lo mismo”.

Y si alguien llega por primera vez a Pipa, Sol tiene una recomendación concreta: quedarse al menos una semana. Hay diez playas, gastronomía, actividades, excursiones, música en vivo y propuestas tanto de día como de noche. Entre sus imprescindibles menciona la Bahía dos Golfinhos, donde los delfines viven durante todo el año, Praia de Madeiro y Praia do Amor. También recomienda contemplar el atardecer en Tibau, “al estilo Rey León”, y realizar el paseo en “ship”, una especie de colectivo turístico sobre el agua que recorre distintos puntos y termina con la puesta del sol. Para los más aventureros, suma el esquí en las dunas y el parapente desde los acantilados. Pero hay una clave que considera fundamental: mirar las mareas. “El paisaje cambia muchísimo según la marea y las mareas cambian todos los días”. Planificar los días de playa teniendo eso en cuenta, asegura, permite “optimizar esos días y tener una experiencia maravillosa”.

“Tengo un sueño que es súper lindo desde hace muchos años, que es maternar. Me encantaría ser mamá. Hoy me encuentro sola y pienso que el día de mañana me gustaría adoptar, adoptar un brasilerito quizás, me encantaría.

Ahora, instalada nuevamente en una casa más céntrica de Pipa, Sol mira hacia adelante. Entre sus grandes sueños aparece uno que va mucho más allá de los negocios y los viajes: ser madre. “Tengo un sueño que es súper lindo desde hace muchos años, que es maternar. Me encantaría ser mamá”. Cuenta que la vida no se dio como esperaba y que atravesó dificultades para poder gestar. Hoy, estando sola, imagina otro camino: “El día de mañana me gustaría adoptar, adoptar un brasilerito quizás. Me encantaría”. Su proyecto de futuro, dice, es construir una familia “sea como sea que venga, de la manera que la vida me la dé”.

A más de 15 años de aquella decisión tomada casi de impulso, la posibilidad de regresar definitivamente a Argentina ya no forma parte de sus planes. “Desde que me mudé a Brasil nunca más me imaginé volviendo a vivir en Argentina”. El primer año fue difícil y fue el único período en el que dudó. Después llegó la adaptación. Mantiene un vínculo muy estrecho con su familia, habla con ellos todos los días y viaja seguido a visitarlos, pero no se imagina instalándose nuevamente en el país. También vivió siete años en Europa, entre Francia y un tiempo en Italia, porque asegura que ama viajar y conocer lugares del mundo. Sin embargo, cuando piensa en el futuro, vuelve a Pipa. “Creo que voy a terminar mi vida en este país, porque es un país que la verdad me siento muy a gusto y es mi lugar por adopción”.

Más info: Sol de Pipa