3 mayo 2026
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Dejó el tabaco, enfrentó la ceguera y logró hacer cumbre en el Aconcagua

El atleta paralímpico José Luis Santero pasó de fumar 40 cigarrillos por día a enfrentar el desafío más extremo de su vida. Tras perder la visión, encontró en el deporte un nuevo propósito y logró conquistar la montaña más alta de América.

El viento golpea con fuerza, el aire escasea y cada paso se vuelve una decisión. A casi 7 mil metros de altura, José Luis Santero avanza guiado por un bastón y la voz de su compañero. No ve, pero sigue. Porque no llegó hasta ahí para detenerse.

Su historia empieza muy lejos de la montaña. Durante años, su vida estuvo marcada por hábitos que poco tenían que ver con el deporte. “Llegué a pesar más de 100 kilos y fumaba cuarenta cigarrillos por día”, recuerda el oriundo de Lomas de Zamora (Buenos Aires). Ese era su punto de partida, una rutina que parecía no tener salida.

El primer quiebre fue personal. La muerte de su madre y una advertencia médica lo empujaron a cambiar. “Jo”, como le dicen sus amigos, tiene retinosis pigmentaria, una enfermedad hereditaria y degenerativa que no tiene cura por ahora. Lentamente fue perdiendo la visión nocturna, luego la periférica y la central, hasta que un día cuando tenía 35 años quedó ciego. “Soy una persona no vidente y atleta desde hace 20 años. Corro carreras de pista y de calle”, expresa el atleta paralímpico de 49 años de edad.

“A medida que entrenaba, me alejaba del cigarrillo, hasta que dejé de fumar”, revela sobre ese giro que lo llevó a buscar otra forma de vivir. Así empezó a correr, casi sin imaginar que ese sería el inicio de todo.

Con el tiempo, el running se convirtió en refugio. “Correr me genera libertad”, dice, aun sabiendo que lo hace acompañado por guías que se transforman en sus ojos. Pero mientras su cuerpo se fortalecía, su vista comenzaba a apagarse.

José Luis tiene retinosis pigmentaria, una enfermedad hereditaria y degenerativa que no tiene cura por ahora. Lentamente fue perdiendo la visión nocturna, luego la periférica y la central, hasta que a los 35 años quedó ciego.

“Podría haberme quedado en casa victimizándome”

José Luis fue diagnosticado con retinosis pigmentaria a los 28 años, luego de haber padecido miopía y astigmatismo desde chico. El diagnóstico fue contundente: retinosis pigmentaria, una enfermedad degenerativa que lo llevaría a perder la visión. “Sabía que podía pasar, pero igual fue un golpe duro”, recuerda. La oscuridad llegó, pero no lo detuvo.

Lejos de quedarse quieto, eligió avanzar. “Podría haberme quedado en casa victimizándome, pero elegí avanzar y empecé a correr”, afirma con claridad.

“Jo” fue representante argentino en Parapanamericanos de Guadalajara en el 2011, logrando un sexto puesto en los 1.500 metros en pista, y la cuarta mejor marca internacional en 42 kilómetros. También obtuvo un bronce en los Parasudamericanos Odesur Santiago 2014 en 5000 metros. A su vez, fue olímpico en el 2012, cuando además alcanzó un extraordinario 14° puesto en la madre de las competencias olímpicas, los 42 km.

Jo comparte su vida con Lorena desde hace 18 años. Entre los dos coordinan Auriga Team, un equipo de entrenamiento y acompañamiento de running en el que se toma el deporte de forma integral y consciente.

Todo un ejemplo de superación

Luego de tantos podios y medallas, la montaña apareció como un nuevo desafío.

La idea de subir el Aconcagua se fue gestando con los años. Hace 5 años participó en Patagonia Run -una carrera de trail- y ese momento fue una bisagra en su vida. “Conocí la montaña y me gustó mucho. Encontré una pasión en la montaña. Cada vez que subo una montaña me conecto mucho con mi mamá que la perdí hace un tiempo. Cada vez que asciendo me acerco un poco más a ella, siento como que me tiende sus brazos”, explicó José Luis.

Después de la carrera en la Patagonia, decidió subir el Lanín, el cerro Penitentes, el cerro Vallecitos y la excursión al avión de los uruguayos. “En octubre de 2025, cuando subimos el Penitentes, Santiago Medina (su guía de montaña) me dijo que ya estaba preparado para hacer el Aconcagua. Eso me motivó mucho”, remarca.

“Nunca consideré la ceguera una limitación para soñar. La discapacidad es solo el diagnóstico no una sentencia, una oportunidad a ver nuestros recursos internos”

El Aconcagua no era solo una meta deportiva. Era una forma de probarse a sí mismo. Nunca lo había visto. Nunca lo había imaginado en detalle. Pero decidió enfrentarlo igual. “Descubrí una pasión que no conocía”, expresa sobre ese vínculo inesperado con la montaña. “Jo” utiliza un lazo de muñeca a muñeca para correr con guías y encontró oportunidades en el deporte adaptado.

En febrero de este año, el ascenso no fue sencillo. Fueron 13 días de subida, atravesando frío extremo, viento y cansancio. “El frío era extremo… dudé si iba a llegar”, recuerda sobre uno de los momentos más duros. Cada paso exigía más que fuerza física: requería decisión. En la expedición lo acompañaron su guía Santiago Medina; y su amigo, Juan.

En la altura, todo se vuelve incierto. A más de seis mil metros, el cuerpo responde como puede. “Hay algo que no se puede entrenar: la altitud”, explica. Sin embargo, siguió. Paso a paso, guiado, confiando.

Cuando finalmente llegó a la cumbre, no buscó récords ni etiquetas. “Nunca consideré la ceguera una limitación para soñar”, expresó. Y en esa frase se resume todo.

Hoy, su historia es mucho más que una hazaña deportiva. Es una manera de entender la vida. “La discapacidad es solo el diagnóstico no una sentencia, una oportunidad a ver nuestros recursos internos”, sostiene. Y mientras piensa en nuevos desafíos, deja una certeza que trasciende cualquier montaña: siempre se puede volver a empezar.

Más info: Jose Luis Santero