La historia de Constanza y Juan comenzó en Buenos Aires, cuando el nacimiento de su primer hijo, Ulises, los llevó a preguntarse qué vida querían construir como familia. Ella era periodista, cronista de viajes y diseñadora gráfica; él, psicólogo. Tenían trabajos, una casa y una rutina conocida, pero sentían que había otra manera de habitar el mundo. En 2018 compraron un velero, organizaron sus pertenencias y partieron con unos 10.000 dólares en el bolsillo, sin imaginar que aquella aventura se extendería durante ocho años. “Tuvimos que dejar nuestro trabajo, nuestra casa la alquilamos y nos fuimos con diez mil dólares en el bolsillo”, recordó Constanza en una entrevista reciente.
El primer hogar flotante fue el Tangaroa 2, una embarcación de apenas nueve metros con la que comenzaron a recorrer la costa brasileña. Navegar a vela significa avanzar al ritmo del viento, aprender a leer el clima, encontrar lugares seguros para fondear y aceptar que los planes pueden cambiar de un día para el otro. En ese recorrido llegaron a Ilha Grande, en Río de Janeiro, donde nació Renata, su segunda hija, en plena pandemia de 2020. También adoptaron a Lula, una perrita que se sumó a la tripulación. Lo que inicialmente parecía una experiencia temporal se transformó en una forma de vida: el mar dejó de ser un destino de vacaciones para convertirse en el lugar donde sus hijos crecerían y construirían sus recuerdos.
“Muchas veces creemos que para cambiar de vida necesitamos tener todo resuelto, pero a veces hay que dar el primer paso sin saber exactamente qué va a pasar después. Nosotros nos animamos a soltar lo conocido y descubrimos que el camino también se construye mientras navegamos”.
Durante los primeros años, las redes sociales se convirtieron en una ventana para compartir sus experiencias y, al mismo tiempo, en una herramienta para sostener el viaje. Comenzaron a recibir huéspedes a bordo, que podían conocer desde adentro la rutina de una familia navegante, aprender sobre la vida en el mar y descubrir rincones a los que no se llega de la manera convencional. “Coni”, además, siguió escribiendo y transformó sus vivencias en relatos. En 2020 publicó “El Barco Amarillo”, el libro en el que reconstruyó los primeros capítulos de la aventura. Junto con una amiga impulsó también Amarillo Ediciones, un proyecto editorial que nació para publicar sus propias obras y que abrió una puerta para otros autores. Así, entre navegación, escritura y hospitalidad, fueron encontrando distintas maneras de financiar el sueño.
La pandemia también los llevó a echar raíces durante un tiempo en Ilha Grande. Allí construyeron Casas Coral, alojamientos de vidrio y madera diseñados con criterios de respeto por el ambiente, una experiencia que les permitió combinar el turismo con su interés por una vida más sustentable. El alquiler de esas casas se convirtió en una de sus principales fuentes de ingresos y en el respaldo económico para volver al agua. Pero la familia crecía, las necesidades cambiaban y los horizontes seguían llamándolos. Después de navegar en embarcaciones de 20, 28 y 35 pies, encontraron en Santa Lucía, en el Caribe, el Cambombia, un velero de 51 pies —unos 15 metros— diseñado por el arquitecto naval argentino Germán Frers. Era el barco que necesitaban para afrontar un desafío mucho mayor.
Del Río de la Plata a la
inmensidad del Pacífico
Antes de cruzar el océano más grande del planeta hubo preparativos, decisiones y una larga ruta que los llevó hasta Panamá. Allí atravesaron el canal que conecta el Atlántico con el Pacífico y se prepararon para recorrer unas 4.500 millas náuticas, alrededor de 8.300 kilómetros, hasta la Polinesia Francesa. No viajaban solos: a bordo también iban una pareja de biólogos y una médica cirujana especializada en emergencias pediátricas. El objetivo era alcanzar las islas Marquesas, en particular Fatu Hiva, en una travesía que exigiría organización, paciencia y confianza en la embarcación. Para los chicos, acostumbrados desde pequeños a la vida náutica, aquella inmensidad formaba parte de su mundo cotidiano; para los adultos, era uno de los grandes desafíos de la expedición.

“Vivir en un velero te enseña que no siempre podés controlar lo que sucede, que hay días en los que el viento acompaña y otros en los que solamente queda esperar. Aprendimos a tener paciencia, a adaptarnos y a entender que no todo depende de nosotros”.
Una vez instalados en las islas de la Sociedad, encontraron un equilibrio diferente entre aventura y vida cotidiana. Tahití, Moorea, Huahine, Raiatea y Bora Bora forman parte de un entorno en el que el mar continúa siendo el camino, pero también el espacio de trabajo y encuentro con otras personas. Ulises y Renata asisten a la escuela, donde aprenden en francés, hacen amigos y combinan las clases con una infancia marcada por la naturaleza. “La Polinesia es uno de los lugares más bellos que conocimos, y es perfecto para la vida a bordo”, contó “Coni”. La familia recibe huéspedes para navegar por las islas y compartir, aunque sea por unos días, esa forma singular de vivir.

Aprendiendo a vivir al ritmo del mar
Los libros son otra manera de mantener viva la travesía, incluso cuando el barco permanece anclado. Después de “El Barco Amarillo”, Constanza escribió “Que sea eterno mientras dure”, una obra que profundiza en la transformación personal que implica dejar atrás certezas, revisar las ideas aprendidas y construir una familia fuera de los moldes tradicionales. El libro también recoge las experiencias de la etapa que los llevó desde Brasil hasta el Caribe y, finalmente, a través del Pacífico. La escritura acompaña así a la navegación: mientras el velero descubre nuevas costas, las páginas exploran las preguntas que aparecen durante el camino. No se trata solamente de contar paisajes exóticos o aventuras extraordinarias, sino de poner en palabras los cambios, los vínculos y las decisiones que sostienen una vida elegida lejos de lo convencional.
¿Cómo se sostiene económicamente una familia que vive viajando? La respuesta no está en una única actividad, sino en una combinación de recursos: el alquiler de Casas Coral en Brasil, los huéspedes que reciben a bordo, los libros y los proyectos vinculados con su experiencia. Vivir en un barco permite prescindir de ciertos gastos, como el alquiler de una vivienda convencional, pero no elimina las obligaciones: mantener el velero, comprar alimentos, resolver reparaciones y cubrir las necesidades de dos chicos requiere planificación. La pareja aprovecha la energía solar y el viento, adapta sus compras a cada destino y procura permanecer más tiempo en los lugares cuando resulta conveniente. También encuentran ayuda en las comunidades locales, donde la hospitalidad puede expresarse en alimentos, pescados y pequeños gestos cotidianos. La libertad, en su caso, no significa vivir sin preocupaciones, sino organizarse para que el dinero no sea el único factor que determine sus decisiones.

“Queríamos que nuestros hijos crecieran conociendo el mundo. La vida a bordo tiene dificultades, pero también les regala experiencias y aprendizajes que no entran solamente en los libros”.
En octubre de 2026, después de cuatro años sin visitar Buenos Aires, Constanza y Juan regresaron a la Argentina para reencontrarse con familiares y amigos, resolver trámites y presentar su nuevo libro. Mientras tanto, el Cambombia quedó en Tahití, aguardando el regreso de la tripulación para retomar la navegación hacia el oeste. La visita a tierra firme es una pausa dentro de un proyecto que no tiene una fecha de finalización definida. Después de ocho años, la experiencia también les permitió comprobar que viajar no significa estar siempre en movimiento: hay momentos para explorar, otros para echar raíces y otros para volver al lugar de origen. Sus hijos crecen entre idiomas, culturas y paisajes distintos, mientras la pareja sigue construyendo una vida en la que los proyectos laborales, la educación y los afectos deben encontrar su propio equilibrio.
“Los monstruos marinos se crean en tierra. Y en ocho años de vida en el mar, no nos encontramos con ninguno”, reflexionó Constanza, en una frase que resume buena parte de la filosofía de esta familia. El nombre de su hijo mayor, Ulises, también remite a La Odisea, la historia de un viajero que atraviesa desafíos en su camino de regreso a casa. Pero para los Dordal-Coll, la pregunta ya no es solamente adónde llegar, sino cómo quieren vivir mientras avanzan. No descartan volver algún día a tierra firme, aunque tampoco sienten la necesidad de fijar una fecha. “Yo creo que podés volver siempre”, expresó Constanza, convencida de que lo difícil es animarse a dar el primer paso. Por ahora, el barco amarillo continúa siendo casa, escuela de vida y plataforma de nuevos sueños: una aventura familiar que demuestra que, a veces, cambiar de rumbo no significa perder el norte, sino encontrarlo de otra manera.
Más info: El Barco Amarillo


