22 julio 2026
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El silencio después de la fiesta: qué queda cuando se apaga la pasión de un Mundial

Durante un mes y medio, el fútbol ordenó rutinas, emociones y conversaciones en todo el país. Cuando el certamen termina, muchos sienten un vacío difícil de nombrar. La psicóloga Ana Silvia Becerra explica por qué esa sensación es real, qué mecanismos colectivos la explican y cómo transitarla sin caer en la nostalgia permanente.

Hubo un tiempo, no hace tanto, en que el país entero pareció respirar al mismo compás. Las calles, las oficinas, las mesas familiares: todo se organizaba en torno a un horario de partido. Y de pronto, como quien apaga una luz que estuvo encendida demasiadas noches seguidas, el Mundial terminó. Lo que sigue —ese silencio que ocupa el lugar donde antes había bombos y gritos— es, según la psicóloga Ana Silvia Becerra (MP 13076), un fenómeno tan real como el entusiasmo que lo precedió.

“Lo que queda es un gran vacío. La meta se cumplió, se llega a un final“, resume la especialista al ser consultada sobre qué ocurre, desde la psicología, cuando un acontecimiento de tanta intensidad colectiva se apaga. Pero advierte que no todos los finales pesan igual: no es lo mismo coronarse campeón que quedar a un paso de serlo. Para ilustrarlo recurre al propio Mundial 2022, cuando Francia cargó con la burla del “Segundo, Francia”, mientras Argentina inauguraba cuatro años de sentirse, como ella misma lo llama, “los campeones del mundo”. Dos finales jugados el mismo día, dos maneras completamente distintas de atravesar la despedida.

Esa diferencia no es un detalle menor: para Becerra, un Mundial no enfrenta solamente a dos selecciones, sino a dos maneras de representar lo colectivo. “En el Mundial de Fútbol no hablamos de un país: cada equipo representa a todos sus ciudadanos. Ésa es la épica en juego”, sostiene. Es la representación de lo colectivo lo que está en disputa cada vez que rueda la pelota, y también lo que se disuelve cuando el árbitro pita el final.

“En el Mundial de Fútbol no hablamos
de un país: cada equipo representa a todos sus ciudadanos.
Ésa es la épica en juego”

Ese “bajón” que muchos describen al día siguiente del último partido no es, según explica, una simple metáfora ni una exageración sensible. Tiene una explicación que excede al fútbol y roza lo antropológico. Becerra la ancla en la idea junguiana del inconsciente colectivo: un mecanismo que convierte, durante semanas, a un desconocido en hermano de tribuna. “De pronto un desconocido se transforma en mi hermano de hinchada. Solo porque compartimos los mismos colores”, señala. Esa hermandad, tan fugaz como intensa, es la que se retira en silencio cuando el certamen concluye.

Lo notable, para la psicóloga, es la potencia igualadora de ese fenómeno. Durante el Mundial, dice, dejan de importar las grietas que organizan la vida cotidiana el resto del año: el club de cada uno, la afiliación política, la clase social. “Se borran las diferencias. Es el único evento en donde estas antinomias desaparecen”, afirma, y describe un país que, por unas semanas, se para bajo una misma bandera sin que pesen las distancias económicas, raciales o socioculturales que en cualquier otro momento separan. Cuando el ritual se acaba, esas fronteras vuelven a levantarse solas, casi por inercia: “Perder ese ritual que da un campeonato del mundo nos lleva a mirarnos, de nuevo, y regresar a lo que nos enfrenta.”

¿Y qué pasa con el cuerpo y con la mente, acostumbrados durante semanas a otros horarios, otras urgencias, otra adrenalina? Becerra compara la vuelta a la rutina con la que sigue a unas vacaciones: un reacomodamiento esperable, sabido, porque de antemano conocemos su fecha de vencimiento. La diferencia, aclara, está en la letra chica de cada historia personal: lo que a cada uno le tocó vivir puertas adentro durante esas semanas de fiesta compartida.

Consultada sobre si ese “pos Mundial” puede compararse con la melancolía que dejan otros acontecimientos muy esperados —unas vacaciones, un recital, el fin de año—, la especialista traza una distinción precisa: se parecen en la forma, no en el impacto. Vacaciones, recitales y fiestas hablan de lo personal; un Mundial, en cambio, es simultáneo y planetario, un mismo guion representado a la vez en decenas de países.

También hay una particularidad local, dice, en la manera argentina de vivir estos duelos futboleros. “En Argentina se vive con pasión, debido en gran parte porque nuestra sociedad es apasionada en sus formas y conductas”, explica, y traza un mapa cultural: encuentra parentescos con otras sociedades de raíz latina —italianos, españoles, franceses— y una distancia mayor respecto de los países anglosajones o del norte de Europa, de temperamento más flemático frente al mismo fenómeno.

“Es completamente normal sentir nostalgia cuando un evento de esta magnitud termina. […] La clave está en recordar que cada cuatro años volvemos a reunirnos tras nuestra bandera”

Sobre el aluvión de memes, videos y debates que inundó las redes durante semanas, Becerra no ve allí una causa del vacío posterior, sino apenas su lógica más veloz: “Cuando hablamos de redes hablamos de inmediatez. Así como se instaló, en las redes, luego se instalará otro tema, con similar repercusión.” El tsunami digital, sugiere, se corre solo, arrastrado por el siguiente tema viral.

Para quienes atraviesan estos días con la sensación de que “falta algo”, la psicóloga no receta resignación sino movimiento: recuperar intereses propios o sociales que quedaron en pausa, sin apuro, respetando los tiempos de cada proyecto retomado. Y para quienes sienten una tristeza más honda, tiene una palabra de alivio antes que de alarma: es una reacción normal, casi previsible, frente a un evento que acostumbró a la gente a un nivel excelso de deporte y a una experiencia colectiva de unidad y de gloria. Cuando eso deja de estar, se siente la falta. Y ahí está también la promesa: dentro de cuatro años, el mismo ritual, la misma bandera, la misma sed.

La reflexión final de Becerra desborda al fútbol y roza lo político, en el sentido más amplio de la palabra: si una sociedad entera es capaz de olvidar sus grietas durante un mes y medio por una pelota, quizás no sea imposible imaginar esa misma unidad puesta al servicio de otras causas. “Si podemos unirnos bajo nuestra bandera por un evento deportivo, reflexionemos sobre todo aquello que lograríamos luchando codo a codo por el bien común”, plantea, antes de cerrar con una certeza que suena casi a consigna: no es imposible, es apenas acordar trabajar juntos hacia un mundo mejor.

Quizás de eso se trate, en el fondo, el verdadero tiempo suplementario: no del partido que ya terminó, sino de lo que decidamos hacer con esa bandera compartida una vez que las luces del estadio se apagan.

Más información: Instagram: Psicóloga Ana Silvia Becerra – WhatsApp: 3514088571