
En Mendoza, entre rutinas laborales, horarios escolares y agendas previsibles, Julieta Tello (40) y Federico Stumberger (40) sentían que algo faltaba. “Los dos sentíamos que teníamos una vida bastante común, parecida a la de todos los que nos rodeaban, y muy predecible. Sabíamos qué iba a pasar al día siguiente, al mes siguiente y al año siguiente”, cuentan. Y agregan: “Creíamos que tenía que haber algo más”.
La pandemia fue el punto de partida. “Durante la pandemia empezamos a gestar la idea de viajar”, recuerda Juli, diseñadora gráfica. “Yo quería irme a vivir a un lugar con playa y naturaleza”, explica. Del otro lado, Fede, profesor de Educación Física, tenía su propio anhelo: “Soñaba con viajar en motorhome. Miraba muchos videos en YouTube de familias que ya se habían animado”.
Al principio, la idea no entusiasmaba a ambos por igual. “Yo no me imaginaba la vida en un motorhome: la juzgaba de hippie y no quería vivir haciendo pulseritas, jajaja”, admite Juli. Pero todo cambió un fin de semana. “Fede me sorprendió alquilando uno. Viajamos por Mendoza, fuimos a Potrerillos, a Tupungato y recorrimos la montaña. Esa experiencia me encantó y me convenció. Dije: ‘la verdad es que me puedo acostumbrar a vivir así’”, expresaron los padres de Favstin (12) e Irena (10).

El sueño empezó a tomar forma concreta. “Empezamos a ahorrar y compramos un colectivo de línea que conseguimos en San Juan”, relatan. Lo que era un viejo bus se convirtió en proyecto familiar. “El proceso de conversión duró un año. Fede dejó sus trabajos en la escuela y se dedicó exclusivamente a armar nuestra casa con ruedas”.
La transformación fue casi totalmente autogestionada. “Hicimos casi todo nosotros mismos. Solo contratamos la parte de plomería y un soldador para lo estructural. Usamos muchas cosas recicladas e incluso algunos materiales los compramos en chatarrerías”, detallan. Cada centímetro de los 20 metros cuadrados fue pensado para entrar en una nueva vida.
Contarlo fue otro desafío. “Sabíamos que los desafíos iban a ser inmensos. Primero, la familia: contarles que sacábamos a los niños de la escuela tradicional, que vendíamos todo y nos quedábamos solo con lo imprescindible, lo que entrara en 20 m², y que no sabíamos si volvíamos”, explican. A eso se sumaba la incertidumbre técnica: “No sabíamos nada de mecánica y nos enfrentábamos a todo lo desconocido”. Sin embargo, aseguran: “Había algo dentro nuestro que nos decía que estábamos tomando la decisión correcta”.
“No hace falta tener todo resuelto para empezar, sino confiar, adaptarse y construir el camino mientras se anda. Viajar no se trata de huir, es ir hacia adentro, reencontrarte con lo más profundo de tu alma y poder elegir cómo vivir es la verdadera libertad”.

“Viajar no se trata de huir,
es ir hacia adentro”
El nombre también nació entre risas. “Cuando le contamos nuestra idea a amigos y familiares, todos nos dijeron que estábamos locos, jajaja”, recuerdan. “Y de ahí que en chiste decíamos que éramos unos lunáticos. Ese nombre terminó convirtiéndose en nuestra marca personal”. Hoy, cuentan con orgullo: “Donde vamos ya nos conocen como ‘los lunáticos’”. Incluso el motorhome tiene identidad propia: “Decidimos llamar al motorhome ‘Lunita’, y nuestra comunidad la identifica así: nos preguntan siempre por ella”.
El primer gran objetivo fue el mar. “Cuando arrancamos queríamos llegar al mar, así que recorrimos poco de Argentina. Viajamos por toda la costa de Uruguay y luego cruzamos a Brasil, que era nuestro principal objetivo”. El recorrido fue pausado: “Recorrimos Brasil muy despacio, conociendo playas y pueblitos costeros hasta llegar al nordeste, al estado de Bahía”.

En Itacaré ocurrió algo inesperado. “Llegamos a Itacaré y decidimos quedarnos un tiempo: un poco por problemas mecánicos y otro poco porque nos enamoramos del lugar”. Ese “tiempo” se extendió más de lo imaginado. “Hoy estamos reestructurando nuestra forma de viajar y planeando cómo seguir. Creemos que Lunita cumplió su ciclo como viajera”. Y explican el presente: “En este momento la habitamos como tiny house: estamos en medio de la selva y muy cerca del mar”.
El futuro ya empieza a dibujarse. “Nuestra idea es este año cruzar a Estados Unidos y cambiarnos a un vehículo más pequeño, que sea más fácil de manejar y estacionar, para recorrer Centroamérica”. Un nuevo sueño en construcción.
El sostén económico también se transformó en el camino. “Salimos hace dos años y medio. La primera parte del viaje la sustentamos con ahorros, que se nos fueron casi todos en mecánicos durante los primeros siete meses”. Julieta recuerda: “Yo trabajaba administrando un complejo de cabañas en Potrerillos”, mientras que Federico señala: “Había dejado funcionando un consultorio de cardiología para deportistas en Mendoza”. Pero reconocen: “En el viaje nos transformamos”.
La oportunidad apareció en movimiento. “Mientras viajábamos, muchas personas nos pedían recomendaciones y nos consultaban sobre viajar a Brasil. Nos dimos cuenta de que teníamos muchas herramientas para ayudar a esas personas, así que creamos una agencia de viajes”. Hoy, detallan, “ofrecemos vuelos, experiencias, traslados y alojamientos, exclusivamente para Brasil y ahora también para Miami”. Además, Juli suma su experiencia profesional: “Me dedico al marketing hace nueve años y hoy doy asesorías personalizadas y talleres para creadores de contenido”.
Sobre la vida cotidiana, son claros: “Vivir viajando es maravilloso, pero lejos de romantizarlo, cuando tenés hijos en edades preadolescentes, poder decidir quedarse más tiempo en un lugar y no tener que correr para cumplir un itinerario es un lujo”. Y reflexionan: “Los tiempos del viaje con hijos no se pueden planificar del todo: se vive el día a día. Para Fede y para mí es indispensable escuchar las necesidades de cada integrante de la familia”.
En Itacaré encontraron comunidad. “Llevamos un año, con idas y vueltas: incluso regresamos a Mendoza a visitar a la familia”. Sobre Favstin e Irena, destacan: “Formaron un grupo de amigos argentinos, brasileños, chilenos y uruguayos. Viven con mucha libertad, es un lugar muy tranquilo y estamos completamente inmersos en la naturaleza”.
Después de todo lo vivido, la conclusión es contundente. “Animarse a salir de lo conocido transforma profundamente. No solo cambia la rutina, la dinámica familiar o el paisaje, sino la forma de mirar la vida”. Y dejan un mensaje para quienes sueñan con algo similar: “No hace falta tener todo resuelto para empezar, sino confiar, adaptarse y construir el camino mientras se anda. No esperen a que desaparezcan los miedos: el miedo siempre está. Pero darle espacio al deseo hace que el camino se abra”.

Finalmente, lo resumen en una frase que condensa su experiencia: “Viajar no se trata de huir, es al contrario, es ir hacia adentro, es conocerte profundamente, reencontrarte con lo más profundo de tu alma y escucharla. Y poder elegir cómo vivir es la verdadera libertad”.-
Más info:Lunáticos de Viaje





