9 mayo 2026
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A los 60 encontró una nueva forma de vivir

Adriana Barrionuevo encontró una nueva pasión que transformó por completo su rutina cotidiana. Después de una vida atravesada por la docencia, la investigación y el estudio, hoy sus días transcurren entre montañas, entrenamientos y largas caminatas. Jubilada de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC y de un instituto de formación docente provincial, asegura que esta etapa le permitió priorizarse por primera vez.

Durante décadas, su trabajo estuvo ligado al escritorio, la lectura y la escritura. “La escritura y la lectura me mantuvieron en la silla y en las aulas por más inquieta que seas”, recuerda. A eso se sumó una historia personal marcada por la maternidad temprana, la viudez y la necesidad de sostenerse económicamente mientras criaba a sus hijas.

“Quedé viuda y pobre de joven y con hijas chicas, así es que el estudio fue una opción óptima para mejorar mi situación laboral”, relata. Esa exigencia constante hizo que el cuidado físico quedara muchas veces relegado frente a las responsabilidades laborales y familiares.

La jubilación apareció entonces como una oportunidad inesperada. Lejos del temor al vacío o al aburrimiento, Adriana sintió alivio. “Decidí irme atraída por el tiempo del que dispondría para hacer lo que quisiera de forma tranquila, sin el peso de las obligaciones”, explica.

“La montaña promueve el ocio verdadero”

El punto de quiebre llegó cuando recibió un diagnóstico de osteoporosis avanzada para su edad. Allí entendió que necesitaba fortalecer su cuerpo no sólo para cuidar la salud, sino también para sostener uno de sus grandes deseos: seguir yendo a la montaña.

“Me enteré que hacer fuerza tiene alcances para prevenir e incluso revertir el estado de los huesos”, cuenta. Así comenzó con entrenamiento funcional, luego incorporó musculación, pilates y retomó el running, actividad que había practicado años atrás, aunque sin demasiada sistematicidad.

Pero fue el trekking el que terminó conquistándola por completo. Las sierras, dice, representan mucho más que ejercicio físico. “La montaña se disfruta con detenimiento; debe ser una de las pocas actividades que realmente promueve el ocio, es decir pasar el tiempo sin buscar un resultado”, reflexiona.

“Lo importante está en el entre”

La frase pertenece a un filósofo que Adriana leyó durante años y hoy resume gran parte de su manera de vivir. “Entre el punto de partida y el de llegada lo que realmente vale la pena es el recorrido”, asegura.

Para ella, el trekking también implica aprendizaje emocional y humano. “En la montaña aprendés templanza, a esperar, a organizarte, a ser precavida”, dice. Además, destaca el valor de la solidaridad entre quienes comparten una travesía: “Necesitás compañía y ayuda del otro para poder transitar una geografía que no cuenta con los usuales refugios que los humanos construimos”.

Actualmente, sus días tienen una estructura que combina actividad física y disfrute personal. Se levanta temprano, desayuna tranquila, hace pilates y luego musculación. Por las tardes entrena running junto a un grupo y los fines de semana suele realizar trekking.

“A pesar de que estoy más vieja me canso menos que antes y hasta me veo linda”, afirma. También acompaña el entrenamiento con un plan nutricional, aunque reconoce que no lo sigue “al pie de la letra”.

Más allá de los cambios físicos, Adriana siente que ganó bienestar integral. “Puedo dedicarme a desarrollar y cuidar de mi cuerpo y de mi mente sin dualidad”, expresa. Y agrega que esa posibilidad representa un privilegio enorme en una sociedad donde muchas veces el tiempo para uno mismo parece imposible.

Desde su experiencia, considera que gran parte de los límites asociados a la edad son culturales. “Hay una cultura que desestima la vejez y me animo a decir que se discrimina: te atribuyen faltas sólo por la edad”, sostiene.

También cree que muchas personas mayores terminan autolimitándose por miedo o vergüenza. “Hay que animarse a volver a ser aprendiz, a ser una recién llegada, aunque tengas un profesor treinta años menor que te marque cosas para corregir”, dice.

En ese sentido, invita a dejar atrás ciertos prejuicios vinculados al gimnasio y los espacios deportivos. “A veces escucho gente que dice que no va porque está lleno de jóvenes. Creo que hay una sobrevaloración de la juventud y de ciertos estándares de belleza”, reflexiona.

Para Adriana, la clave está en la constancia más que en la exigencia extrema. “Lo primero es tomar la decisión de ir. Lo importante es llegar al lugar, no faltar”, resume. Y agrega: “Lo demás llega como un efecto, ya sea a nivel estético, salud o social”.

Hoy, su principal desafío no pasa por competir ni superarse constantemente, sino por sostener el bienestar en el tiempo. “El gran desafío es sostener, sin lesiones y con gratificación, pese al esfuerzo que demanda”, afirma.

Actualmente integra el Club Andino Córdoba, espacio donde continúa aprendiendo y sumando experiencia en montaña. Allí comparte salidas con personas de distintas edades y encuentra inspiración permanente.

“El propósito es tener un cuerpo disponible para seguir disfrutando de la vida”, asegura. En su brazo lleva tatuada una frase en griego antiguo que significa “trabajo sobre uno mismo”, una idea que resume el sentido profundo que hoy tiene el deporte para ella. “Con esto quiero decir que el deporte para mí no es un accesorio sino parte del trabajo que me constituye y hace mis días más felices”, concluye.