Cuando María Scheibengraf hace memoria, todo empieza con un cansancio muy concreto: las materias, los trabajos part-time y una carga horaria de casi seis horas diarias en la carrera de Inglés de la Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional de Córdoba, famosa entre los estudiantes por lo exigente que es. En noviembre de 2014, con 22 años recién cumplidos, decidió tomarse un año sabático. No eligió Bariloche ni una recorrida por Latinoamérica, como buena parte de sus compañeros de generación: se subió a un avión con destino a Inglaterra, dispuesta a sumergirse en el idioma que estudiaba desde los 8 años.
La idea era volver. Pero se enamoró de Londres —y de quien sería, años después, su marido— y ese año sabático terminó convertido en una vida entera. Hoy, a los 34 años, con un hijo de crianza compartida y una casa propia en el barrio residencial de Kingston Upon Thames, María trabaja como traductora y publicista, y mira a la Argentina con el cariño y la distancia de quien construyó, a casi 11 mil kilómetros de Alta Córdoba, un hogar nuevo.
Hace ya más de una década que vivís en Inglaterra. ¿Qué te llevó a tomar la decisión de dejar Córdoba en 2014 y cómo fueron esos primeros meses lejos de tu familia y de tu país?
Llegué en noviembre de 2014 para hacer un año sabático, sumergida en la cultura y en el idioma, porque estaba estudiando el profesorado de inglés y había llegado hasta cuarto año. Estaba muy estresada: entre varios trabajos part-time y la carga horaria de la facultad, sentía que necesitaba parar. Decidí tomarme un año libre y, en lugar de recorrer Latinoamérica, vine a Inglaterra para que ese año me enriqueciera desde otro lado. Sabía que después me iba a recibir, porque amo mi profesión: de hecho volví a Córdoba, terminé la carrera y me recibí en 2016. Pero inmediatamente volví a Inglaterra. Me había quedado encantada con Londres, con el estilo de vida de acá, y además me había enamorado de quien es hoy mi ex marido.

¿De qué trabajás actualmente y cómo fue el camino para insertarte laboralmente en Inglaterra?
Hoy me dedico a la traducción y a la publicidad, trabajando como freelance en marketing. Ser mi propia jefa me permite manejar mis horarios y ser una mamá muy presente. Vivir en Inglaterra me abrió puertas que en Argentina probablemente hubiera tardado mucho más en encontrar, y me permitió diseñar una vida a mi medida, ya que tengo la vida armada de una manera que fluye y que me llena en todos los sentidos.
“El inglés necesita más tiempo, pero una vez que se abre es de lo más amable y servicial.
Me encanta la idiosincrasia inglesa”.
Adaptarse a otro país nunca es sencillo. ¿Qué fue lo que más te costó: el idioma, las costumbres, el clima, hacer amigos o algún otro aspecto de la vida cotidiana?
Lo que más me costó, sin dudas, fue el oído. Venía con trece, catorce años de estudio de inglés encima, desde los 8, pero no les entendía cuando me hablaban con el acento británico cerrado. Pensaba: ‘¿a mí no me enseñaron inglés todos estos años?’. Me metí a trabajar en un call center y ahí, ocho horas por día hablando con nativos, entrené el oído a la fuerza: ponía las llamadas en pausa, buscaba la grabación y la escuchaba en cámara lenta para entender qué me estaban pidiendo. El clima también fue muy duro, y todavía hoy me cuesta: hay muy poco sol, y el frío es húmedo, distinto al de Córdoba. Recién en los últimos años empecé a acostumbrarme, buscando escaparme al sol de España o Italia cuando puedo. Hacer amigos, en cambio, no me costó: conecté rápido con otros argentinos y también hice amigos británicos. La gente acá es amorosa, pero mucho más cuidadosa del espacio personal: no se sueltan hasta que entran en confianza, a diferencia del argentino, que es más suelto de entrada.

“Los ingleses no nos odian,
eso es un mito de las redes”
Como argentina viviendo en el Reino Unido, ¿Cómo se vive lo de la Guerra de Malvinas allá?
Argentina quedó muy marcada por la guerra de Malvinas: está en los mapas, en las aulas, en el pasaporte, en los actos escolares. Fuimos la nación agraviada, primero por la ocupación de las islas en 1833, y la guerra fue un intento de recuperar esa soberanía. Pero para Gran Bretaña, en el contexto de un imperio que llegó a ocupar una cuarta parte del planeta, Malvinas fue un episodio menor entre decenas. Hay una asimetría enorme entre cómo lo vivimos nosotros y cómo lo vive Inglaterra: el poderoso olvida, el agraviado recuerda. Ese duelo argentino es legítimo. Hubo un trauma nacional con los caídos de Malvinas, que además fueron ocultados durante años, porque celebrarlos era recordar la dictadura. Ese duelo negado se heredó, y hoy se canaliza en la cancha: el partido de 1986 no fue un partido, fue una revancha simbólica. Pero los ingleses no lo ven igual: para ellos el fútbol tiene otro peso simbólico, ligado a la caída del imperio británico. Lo inventaron, lo exportaron al mundo y solo ganaron un Mundial, en 1966. Ganar, para ellos, es recuperar algo de esa grandeza perdida. Los dos países traen su propio duelo nacional a la cancha, pero son duelos distintos: nosotros traemos el agravio de Malvinas, con un culpable bien claro; ellos traen el duelo de un imperio que ya no existe.

¿Qué percepción tienen los ingleses sobre los argentinos?
El inglés promedio no sabe mucho de Argentina, y lo poco que sabe tiene que ver con el fútbol, con Maradona, con la Mano de Dios. Los que saben más, en general, hablan con cariño: han viajado, conocen la cultura, el asado. No es cierto que los ingleses nos odian; eso circula en las redes, pero es falso. Lo que hay es rivalidad deportiva, no odio, y el argentino tiende a generalizar: le atribuye las decisiones políticas de Galtieri y de Thatcher a todo el pueblo inglés, cuando el vecino que toma una cerveza en el pub no tiene nada que ver con la flota británica de 1982.
“No es cierto que los ingleses nos odian. Lo que hay es rivalidad deportiva, y hay una diferencia enorme entre la chicana futbolera y el odio”.
Después de doce años en Inglaterra, ¿qué es lo que más disfrutás de la vida que construiste allí y qué cosas de Córdoba o de Argentina seguís extrañando todos los días?
Lo que más disfruto es la paz, el bajo nivel de estrés. Soy mi propia jefa, puedo manejar mis horarios y ser una mamá muy presente. Estoy divorciada, pero tengo una excelente relación con el papá de mi hijo: hacemos crianza compartida, vivimos en el mismo barrio, y el nene va y viene entre las dos casas. Eso me da tiempo para mi desarrollo profesional y también para descansar. Hoy estoy en pareja hace un año con alguien maravilloso, y de a poco vamos armando planes juntos. De Córdoba y de Argentina extraño la gente, mis amistades, mi familia, la comida y el clima, pero tengo la suerte de que me visitan seguido y de estar conectada con la cultura: compro en locales argentinos, voy a restaurantes argentinos, escucho música argentina. No me imagino regresando: no es mi deseo, nunca lo fue. De hecho, volví a vivir un año entre 2022 y 2023, para que mi hijo adquiriera el español como lengua materna —lo logramos—, pero a los cinco meses ya quería volverme: el choque cultural fue inmenso. Hoy, Londres es mi hogar.
Doce años después de aquel año sabático que nunca terminó, María habla de Córdoba con el cariño intacto de quien no reniega de sus raíces, pero también con la certeza tranquila de quien ya eligió, sin culpa, dónde quiere vivir su vida. Entre el barrio de Kingston Upon Thames, la crianza compartida y el inglés que finalmente aprendió a descifrar, construyó algo que no tiene traducción exacta: un hogar a mitad de camino entre dos países que, más allá de una guerra y un Mundial, todavía se necesitan para entenderse un poco mejor a sí mismos.

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