
A los 18 años, mientras ayudaba a su padre en el negocio familiar, Francisco Balzarini Espindola jamás imaginó que una charla casual con un cliente terminaría cambiándole la vida. Aquel encuentro le abrió la puerta a conocer las visas Working Holiday y despertó una inquietud que ya venía cultivando desde niño: vivir en el exterior. Entre las opciones más conocidas como Australia, Nueva Zelanda o algunos países europeos, hubo un destino que llamó especialmente su atención: Japón.
“Siempre me interesó mucho vivir afuera. Cuando descubrí que Japón había abierto recientemente el programa de Working Holiday, empecé a investigar y me fascinó. Me parecía algo mucho más distinto y desafiante que cualquier otro destino”, recuerda Francisco, más conocido entre amigos como “Balza”.
La decisión no fue sencilla. Mientras su padre lo alentó desde el primer momento, su madre mostró más cautela ante la idea de que su hijo se fuera tan lejos siendo tan joven. Sin embargo, con el respaldo familiar y varios meses de ahorro trabajando en el emprendimiento de sus padres, logró reunir el dinero necesario para emprender la aventura. Aplicó a la visa en septiembre de 2018 y, apenas unos meses después, en febrero de 2019, aterrizó en Japón.
Los primeros años los pasó en Tokio, una ciudad que lo impactó por completo. Acostumbrado a la vida entre Córdoba capital y Río Cuarto, encontrarse con una metrópolis que alberga una población comparable a la de toda Argentina fue un cambio difícil de dimensionar. “Todo era enorme: la cantidad de gente, la actividad permanente, las cosas para hacer a cualquier hora. Había museos, parques, atracciones, hobbies de todo tipo. Nunca te aburrías”, cuenta.
Sin embargo, detrás del asombro también apareció cierta nostalgia por los espacios más tranquilos. Con el tiempo descubrió que extrañaba la calidad de vida de las ciudades intermedias, aquellas que no son pueblos pero tampoco gigantescas metrópolis. Esa sensación terminaría marcando una nueva etapa en su vida.
“En Japón, El idioma es muy diferente
y es uno de los desafíos más complejos
para el que quiera considerar mudarse acá,
ya que el nivel de inglés no es muy alto”

Actualmente Francisco vive en Aomori, una ciudad ubicada en el norte de Japón, donde encontró el equilibrio que buscaba. Allí los comercios y centros comerciales cierran más temprano que en Tokio, pero la naturaleza gana protagonismo. Los fines de semana suelen estar marcados por paisajes, paseos al aire libre y una tranquilidad difícil de encontrar en la capital japonesa.
“La diferencia es enorme. En Tokio siempre había gente, tránsito y movimiento. Acá hay mucho más espacio para relajarse y disfrutar de la naturaleza”, explica. Pero no es solo una cuestión de ritmo de vida. También destaca un aspecto humano que lo sorprendió. “La gente en Aomori suele ser más amigable. Saludan más, tienen menos miedo de hablar con desconocidos y muchos sienten curiosidad porque hay pocos extranjeros viviendo acá”.
Aprender a vivir y
trabajar al estilo japonés
En el plano laboral también logró encontrar estabilidad. Hoy trabaja en el área de IT, administrando servidores, redes, sistemas Linux y Windows, además de tareas vinculadas a operaciones bancarias. Aunque existe el estereotipo de que en Japón se trabaja durante jornadas interminables, su experiencia fue diferente. “Tengo la suerte de trabajar en una sucursal del Banco de Brasil en Japón, donde la cultura laboral es bastante parecida a la argentina. Me siento muy cómodo, casi como en casa”.
No obstante, reconoce que la adaptación laboral no siempre fue sencilla. Durante sus primeros empleos part time debió enfrentarse a jornadas extensas y a una cultura de atención al cliente mucho más exigente. “Aprendí que el cliente es lo más importante y que incluso cuando no tiene razón, generalmente no se le discute. Fue una de las cosas que más me costó entender al principio”.

Otro gran desafío fue el idioma. Francisco asegura que aprender japonés es una de las barreras más importantes para quienes desean instalarse en el país. A eso se suman diferencias culturales profundas en las relaciones personales. “Todavía hoy me cuesta adaptarme a la forma en que se construyen las amistades. Por eso muchos de mis amigos siguen siendo extranjeros”, admite.
Con el paso de los años, sin embargo, algunas costumbres japonesas se volvieron parte natural de su vida. “Terminé incorporando mucho el hábito de agradecer y hacer pequeñas reverencias. Mis padres se ríen cuando vienen a visitarme porque les agacho la cabeza todo el tiempo”, comenta entre risas. También aprendió a disculparse con naturalidad cuando genera algún inconveniente, por mínimo que sea. “Acá es algo muy común y demuestra respeto hacia los demás”.
La vida también le regaló algo que no estaba en los planes iniciales: el amor. Francisco está casado desde hace casi seis años con Kazane, una japonesa que incluso vivió una temporada en Argentina. Esa experiencia ayudó a reducir muchas diferencias culturales dentro de la pareja. “En casa hablamos español porque ella quiere mantener el idioma. Algunos argentinos que viven acá dicen que ya tiene un poco de tonada cordobesa”, cuenta divertido.

“Hoy ya no podría dejar la seguridad y la estabilidad que encontré aquí… A los 18 años, me fuí buscando una experiencia distinta y terminé construyendo una vida. Japón pasó de ser una aventura a convertirse en mi hogar”
Entre las costumbres japonesas que más aprecia destaca una muy simple: dejar los zapatos en la entrada de la casa. “Parece algo menor, pero realmente mantiene todo mucho más limpio. Antes vivía usando escoba y trapo de piso. Ahora con una pasada de aspiradora alcanza”.
Después de siete años lejos de Argentina, hay cosas que siguen siendo irremplazables. Francisco extraña especialmente los encuentros espontáneos con familiares y amigos, los asados de los domingos y esa costumbre tan argentina de llamar a alguien para tomar un café o una cerveza sin demasiada planificación. “Acá todo se organiza con anticipación. Se acuerdan fecha, horario y lugar. La cultura del ‘che, te caigo’ prácticamente no existe”.
Pero también reconoce que hay aspectos de Japón que ya forman parte de su identidad y que le costaría abandonar. La seguridad, la estabilidad y su gran pasión por los autos ocupan un lugar central. Fanático del mundo JDM, asegura que vivir en Japón es un sueño para cualquier amante del automovilismo. “Hay una cantidad increíble de opciones de tuning, los autos deportivos son mucho más accesibles que en Argentina y además existen museos, circuitos, rutas de montaña y competencias durante todo el año. Es algo que disfruto muchísimo”. Entre los recuerdos de Córdoba y la vida que construyó en Japón, “Balza” encontró una combinación inesperada: un hogar donde conviven dos culturas separadas por miles de kilómetros, pero cada vez más unidas en su propia historia.

Más info: Francisco Balzarini




